01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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-El sí,
-¿Por qué no llegó su benefactor a los secretos de la cabeza sobria?
-Domar la yerba del diablo para hacerla un aliado es una de las tareas más difíciles que
conozco. Ella y yo, por ejemplo, jamás nos hicimos alianza, quizá porque nunca le tuve cariño.
-¿Puede usted usarla todavía como aliado, aunque no le tenga cariño?
-Puedo, sólo que prefiero no hacerlo. Tal vez contigo sea diferente.
-¿Por qué se llama yerba del diablo?
Don Juan hizo un gesto de indiferencia, alzó los hombros y permaneció callado algún tiempo.
Finalmente dijo que "yerba del diablo" era su nombre de leche. Había, añadió, otros nombres
para la yerba del diablo, pero no debían usarse porque el pronunciar un nombre era asunto serio,
sobre todo si uno estaba aprendiendo a domar un poder aliado. Le pregunté por qué el
pronunciar un nombre era cosa tan grave. Dijo que los nombres se reservaban para usarse sólo
al pedir ayuda, en momentos de gran apuro y necesidad, y me aseguró que tales momentos ocurren tarde o temprano en la vida de quien busca el conocimiento.
Domingo, 3 de septiembre, 1961
Hoy en la tarde don Juan recogió del campo dos plantas Datura.
Inesperadamente trajo a colación el terna de la yerba del diablo, y luego me pidió acompañarlo
a los cerros a bus car una.
Fuimos en coche hasta las montañas cercanas. Saqué de la cajuela una pala y nos adentramos
por una de las caña das. Caminamos bastante rato, vadeando el chaparral que crecía denso en la
tierra suave, arenosa. Don Juan se detuvo junto a una planta pequeña con hojas de color verde
oscuro y flores grandes, blancuzcas, acampanadas.
-Esta -dijo.
Inmediatamente empezó a cava r. Traté de ayudarlo, pero él me rechazó con una vigorosa
sacudida de cabeza y siguió cavando un hoyo circular en torno a la planta: un hoyo de forma
cónica, hondo hacia el borde exterior, con un montículo en el centro del círculo. Dejando de
cavar, se arrodilló cerca del tallo y limpió con los dedos la tierra suave en torno, descubriendo
unos diez centímetros de una raíz grande, tuberosa, bifurcada, cuyo grosor contrastaba marcadamente con el del tallo, que parecía frágil por compa ración.
Don Juan me miró y dijo que la planta era "macho" porque la raíz se bifurcaba desde el punto
exacto en que se unía al tallo. Luego se levantó y echó a andar buscando algo.
-¿Qué busca usted, don Juan?
-Quiero hallar un palo.
Empecé a mirar en torno, pero él me detuvo.
-¡Tú no! Tú siéntate allí -señaló unas rocas como a seis metros de distancia-. Yo lo encontraré.
Volvió tras un rato con una rama larga y seca. Usándola a manera de coa, aflojó
cuidadosamente la tierra a lo largo de los dos ramales divergentes de la raíz. Limpió en torno a
ellos hasta una profundidad aproximada de medio metro. Cuanto más ahondaba, más apretada
estaba la tierra, hasta el punto de ser prácticamente impenetrable a la vara.
Dejó de cavar y se sentó a recobrar el aliento. Me senté junto a él. Pasamos largo rato sin
hablar.
-¿Por qué no la saca usted con la pala? -pregunté.
-Podría cortar y dañar a la planta. Tuve que conseguirme un palo de este sitio para que así, en
caso de pegarle a la raíz, el daño no fuera tanto como el que haría una pala o un objeto extraño.
-¿Qué clase de palo trajo usted?
-Cualquier rama seca de paloverde es buena. Si no hay ramas secas, tienes que cortar una
fresca.
-¿Pueden usarse las ramas de cualquier otro árbol?
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