01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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-No, cada parte es distinta.
-¿Cuáles son los efectos específicos de cada parte?
-Ya te dije: cada una enseña una forma distinta de poder. Lo que tomaste la otra noche no es
nada todavía. Cualquiera puede con eso. Pero sólo el brujo puede tomar las partes más hondas.
No puedo decirte qué hacen porque todavía no sé si ella irá a tomarte. Hay que esperar. ,
-¿Cuándo me dirá, entonces?
-Cuando tu planta crezca y dé semilla.
-Si cualquiera puede tomar la primera parte, ¿para qué se usa?
-Diluida, es buena para todas las cosas de la hombría: gente vieja que ha perdido el vigor, o
jóvenes que buscan aventuras, o hasta mujeres que quieren pasión.
-Dijo usted que la raíz se usa sólo para el poder, pero veo que también se usa para otras cosas
aparte del poder. ¿Estoy en lo cierto?
Me miró durante un rato muy largo, con una mirada firme que me hizo sentir incómodo. Sentí
que mi pregunta lo había enojado, pero no podía comprender por qué.
-La yerba se usa sólo para el poder -dijo finalmente con tono seco, severo-. El hombre que
quiere recobrar su vigor, la gente joven que busca soportar la fatiga y el hambre, el hombre que
quiere matar a otro hombre, la mujer que quiere estar caliente: todos desean poder. ¡Y la yerba
se lo da! ¿Sientes que la quieres? -preguntó tras una pausa.
-Siento un vigor extraño -dije, y era verdad. Lo había advertido al despertar y lo sentía
entonces. Era una sensación muy peculiar de incomodidad, de amargura; todo mi cuerpo se
movía y se estiraba con ligereza y fuerza inusitadas. Tenía comezón en los brazos y en las
piernas. Mis hombros parecían henchirse; los músculos de mi espalda y de mi cuello me hacían
sentir deseos de empujar árboles o frotarme contra ellos. Me sentía capaz de demoler un muro.
No dijimos más. Estuvimos un rato sentados en el zaguán. Noté que don Juan se estaba
quedando dormido; cabeceó un par de veces y luego, sencillamente, estiró las piernas, se acostó
en el piso con las manos tras la cabeza y se durmió. Me levanté y fui detrás de la casa, donde
quemé mi energía física extra limpiando la basura; don Juan, recordaba yo, había dicho que le
gustaría que yo lo ayudase a limpiar detrás de su casa.
Más tarde, cuando él se despertó y vino al traspatio, yo me hallaba más relajado.
Nos sentamos a comer, y durante la comida me preguntó tres veces cómo me sentía. Siendo
esto una rareza, terminé por preguntar:
-¿Por qué le preocupa cómo me siento, don Juan? ¿Espera que tenga una mala reacción por
haber tomado el jugo?
Rió. Pensé que se estaba portando como un niño travieso que ha armado una jugarreta e
investiga los resultados de vez en cuando. Todavía riendo, dijo:
-No pareces enfermo. Hace rato-hasta me hablaste mal.
-No es cierto, don Juan -protesté-. No recuerdo haberle hablado nunca así.
Tomé muy en serio ese punto porque no recordaba haberme sentido molesto con él.
-Saliste en su defensa -dijo.
-¿En defensa de quién?
-Estabas defendiendo a la yerba del diablo. Ya parecías su amante.
Yo iba a protestar aún más vigorosamente, pero me contuve.
-De veras no me di cuenta de que estaba defendiéndola.
-Claro que no. Ni siquiera te acuerdas de lo que dijis te, ¿verdad?
-No, no me acuerdo. Tengo que admitirlo.
-Ya ves. Así es la yerba del diablo. Se te cuela como una mujer. Ni siquiera te das cuenta.
Todo lo que sabes es que te hace sentirte bien y con poder: los músculos se hinchan de vigor,
los puños dan comezón, las plantas de. los pies arden por perseguir a alguien. Cuando un
hombre la conoce es cuando de veras se llena de ansias. Mi benefactor decía que la yerba del
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