01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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diablo se queda con los hombres que quieren poder y se deshace de los que no pueden con ella.
Pero el poder era más común entonces; se buscaba con más ganas. Mi benefactor era un hombre
poderoso y, según lo que me dijo, su benefactor era todavía más dado a buscar poder. Pero en
esos días había razón para ser poderoso.
-¿Piensa usted que ya no hay razón para el poder en estos di as?
-El poder está bien para ti, ahora. -Eres joven. No eres indio. Acaso la yerba del diablo sea
buena en tus manos. Parece que te gustó. Te hizo sentirte fuerte. Yo mismo sentí todo eso. Y sin
embargo no me gustó.
-¿Puede decirme por qué, don Juan?
-¡No me gusta su poder! Ya no sirve de nada. En otros tiempos, como aquellos de los que mi
benefactor me contaba, había razón para buscar poder. Los hombres realizaban hazañas
fenomenales, eran admirados por su fuerza y temidos y respetados por su saber. Mi benefactor
me contaba historias de hazañas verdaderamente fenomenales que se realizaron hace mucho,
mucho. Pero ahora nosotros, los indios, ya no buscamos ese poder. Hoy en día, los indios usan
la yerba para darse friegas. Usan las hojas y las flores para otras cosas; hasta dicen que les curan
los granos. Pero no buscan su poder: un poder que actúa como un imán, más potente y más
peligroso de manejar cuanto más se ahonda la raíz en la tierra. Cuando uno llega a los cuatro
metros -dicen que algunos han llegado- encuentra el sitio del poder permanente, poder sin fin.
Muy pocos seres humanos han hecho esto en el pasado, y nadie lo hace hoy.
Te lo digo, nosotros los indios ya no necesitamos el poder de la yerba del diablo. Creo que
poco a poco he mos perdido el interés, y ahora el poder ya no importa. Yo mismo no lo busco, y
sin embargo una vez, cuando tenía tu edad, también sentía por dentro su hinchazón. Me sentía
como tú te sentiste hoy, sólo que quinientas veces más fuerte. Maté a un hombre con un solo
golpe de mi brazo. Podía aventar peñascos, peñascos enormes que ni veinte hombres podían
mover. Una vez salté tan alto que tronché las copas de los árboles más altos. ¡Pero todo eso fue
de ba lde! Lo único que hacía era asustar a los indios: nada más a los indios. Los demás, que no
sabían nada de eso, no lo creían. Veían un indio loco, o bien algo que se movía en las copas de
los árboles.
Estuvimos callados largo tiempo. Yo necesitaba decir algo.
-Era distinto cuando había gente en el mundo -prosiguió-, gente que sabia que, un hombre
podía convertirse en león de montaña o en pájaro, o que un hombre podía volar así nomás. Por
eso ya no uso la yerba del diablo. ¿Para qué? ¿Para asustar a los indios?
Y lo vi triste, y una honda simpatía me llenó. Quise decirle algo, aunque fuera una
perogrullada,
-Tal vez, don Juan, ése sea el destino de todos los hombres que quieren saber.
-Tal vez -dijo suavemente.
Jueves, 23 de noviembre, 1961
Al llegar en el auto, no vi a don Juan sentado en su za guán. Eso me pareció extraño. Lo llamé
en voz alta y su nuera salió de la casa.
-Está adentro -dijo.
Resultó que don Juan se había dislocado el tobillo varias semanas antes. Había hecho su
propio enyesado remojando tiras de tela en una papilla de cacto y hueso molido. Las tiras,
atadas estrechamente en torno del tobillo, habían formado al secarse un molde ligero, ajustado.
Tenía la dureza del yeso, pero no su amplitud de volumen.
-¿Cómo pasó? -pregunté.
La nuera, una yucateca, que lo estaba atendiendo, me contestó,
-Fue un accidente. ¡Se cayó y casi se rompe el pie!
Don Juan rió y esperó que la mujer saliera de la casa antes de responder.
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