01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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mí, y una gran hazaña para ti, ¡si salimos con bien! La pipa sentirá la tensión de que alguien
más la manosee, y si alguno de nosotros comete un error no habrá manera de evitar que la pipa
se parta sola por su propia fuerza o se escape de nuestras manos para romperse, aunque se caiga
en un montón de paja. Si eso llega a suceder, será el fin de los dos. Sobre todo el mío. El humito
se volvería contra mí en formas increíbles.
-¿Cómo podría volverse contra usted si es su aliado?
Mi pregunta pareció alterar el curso de sus pensamientos. Pasó largo rato sin hablar.
La dificultad de los ingredientes -prosiguió de súbito- hace a la mezcla de fumar una de las
sustancias más peligrosas que conozco. Nadie puede prepararla sin que le enseñen. ¡Es veneno
mortal para cualquiera que no sea el protegido del humito! La pipa y la mezcla deben tratarse
con extremo cuidado. Y el hombre que trata de aprender debe prepararse llevando una vida
dura, tranquila. Los efectos son tan terribles que sólo un hombre fuerte puede soportar la más
pequeña fumada. Al principio todo es aterrador y confuso, pero cada fumada define más las
cosas. ¡Y de pronto el mundo se abre de nuevo! ¡Increíble! Cuando esto sucede, el humito se ha
hecho aliado de uno y le resolverá cualquier problema permitiéndole entrar en mundos
inconcebibles.
"Esta es la mayor propiedad del humito, su mayor don. Y lleva a cabo su función sin dañar en
lo más mínimo. ¡Yo llamo al humito un verdadero aliado!"
Como de costumbre, estábamos sentados frente a su casa, donde el suelo de tierra está siempre
limpio y bien apisonado. Don Juan se levantó de pronto y entró en la casa. Tras unos momentos
regresó con un bulto angosto y volvió a sentarse.
-Esta es mi pipa -dijo.
Se inclinó hacia mí para mostrarme una pipa que sacó de una funda de lienzo verde. Medía
unos veintidós o veinticinco centímetros. El tallo era de madera rojiza, sencillo, sin
ornamentación. El cuenco parecía también de madera, y era un poco voluminoso en
comparación con el delgado tallo. Tenía un acabado pulido y era de color gris oscuro, casi del
color del carbón.
Don Juan sostuvo la pipa frente a mi cara Pensé que me la estaba entregando. Alargué la mano
para tomarla, pero él la apartó rápidamente,
-Esta pipa me la dio mi benefactor -dijo-. A su tiempo yo te la pasaré a ti. Pero primero debes
conocerla. Cada vez que vengas te la daré. Empieza por tocarla. Agárrala un rato muy corto, al
principio, hasta que tú y la pipa se acostumbren el uno al otro. Luego métela en tu bolsa, o
acaso en tu camisa. Y finalmente póntela en la boca. Todo esto se hace poco a poco, despacio y
con tiento. Cuando la amistad está hecha, fumas en ella. Si sigues mi consejo y no te apuras, a
lo mejor el humito se hace también tu aliado preferido.
Me entregó la pipa, pero sin soltarla. Alargué hacia ella el brazo derecho.
-Con las dos manos -dijo él.
Toqué la pipa con ambas manos durante un momento muy breve. No me la acercó lo
suficiente para asirla, sino sólo lo bastante para tocarla, Luego la apartó,
-El primer paso es que la pipa te guste. ¡Eso lleva tiempo!
-¿Puedo yo disgustar, a la pipa, don Juan?
-No. No puedes disgustarle, pero debes aprender a que te guste para que, cuando te llegue la
hora de fumar, la pipa te ayude a no tener miedo.
-¿Qué fuma usted, don Juan?
-¡Esto!
Abrió el cuello de su camisa dejando ver una bolsita que llevaba colgada como un medallón.
La sacó, la desató, y con mucho cuidado virtió parte del contenido en la palma de su mano.
Hasta donde pude ver, la mezcla parecía hojas de té finamente deshebradas cuyo color variaba
del café oscuro al verde claro, con unas cuantas pizcas de amarillo brillante.
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