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santificación. A lo largo de los siglos, ha sido una manifestación de la caridad de
Cristo, que es precisamente la fuente de la santidad.
Es un servicio que requiere entrega, paciencia y delicadeza, así como una gran
capacidad de compasión y comprensión, sobre todo porque, además de la
curación bajo el aspecto estrictamente sanitario, hace falta llevar a los enfermos
también el consuelo moral, como sugiere Jesús: «estuve enfermo y me visitasteis»
(Mt 25, 36)". (Catequesis del Papa a los enfermos, Roma 15 de junio de 1994, 6).
Aceptación del sufrimiento no significa oponerse a las curas médicas
"El sentido salvífico no se identifica de ninguna manera con una actitud de pasividad"
(SD 30) "Esto no significa que no deba profundizarse en el arte médico, realidad
necesaria y que tanto bien aporta. De hecho, hay que destacar la importancia que
tienen hoy aquellos profesionales que se dedican al cuidado de los que sufren.
Esta actividad ha ido adoptando, a lo largo del tiempo, formas institucionales
organizadas y profesionales, que prestan un gran servicio. Lo que aquí pretendemos
es insistir en que el problema no es cómo mantener el dolor y el sufrimiento dentro de
unos límites aceptables, sino encontrar su sentido, y señalar el peligro de olvidar
que «ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la
compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir
al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero
vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que
sufre es ante todo el alma» (SD 29).41

La ayuda del personal sanitario
El Papa Benedicto XVI en la Carta Encíclica Deus Caritas est, habla así al personal
sanitario:
"Por lo que se refiere al servicio que se ofrece a los que sufren, es preciso que sean
competentes profesionalmente: quienes prestan ayuda han de ser formados de
manera que sepan hacer lo más apropiado y de la maneta más adecuada,
asumiendo el compromiso de que se continúe después las atenciones
necesarias. Un primer requisito fundamental es la competencia profesional,
pero por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, y los seres
humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta.
Necesitan humanidad... Por eso, dichos agentes, además de la preparación
profesional, necesitan también y sobre todo una «formación del corazón»: se les
ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor
y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un
mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se
desprende de su fe, la cual actúa por la caridad (cf. Gal 5, 6). (Benedicto XVI,
Deus Caritas est, 31).
La calidad de la vida: discriminación moderna
Hoy día está difundida la mentalidad que distingue entonces entre vida
cualitativamente digna y sana, y vida cualitativa indigna, carente de valor en
cuanto que está irreparablemente enferma. El valor intrínseco de la vida
queda medido de esta manera sobre criterios subjetivos y utilitarios». Sin
embargo, esta forma de expresarse, tan extendida en la actualidad, es engañosa,
porque la dignidad de una persona no depende de sus circunstancias; es decir: un
ser humano no pierde su dignidad por el hecho de sufrir.42
Ignacio Serrada, ob. cit., p. 104, nota 255.
Ignacio Serrada, ob. cit., p. 115. Cf. M.D. VILA-CORO, La bioética en la encrucijada. Sexualidad,
aborto, eutanasia (Dykinson, Madrid 2003) 205: «De la muerte no se puede decir con propiedad que
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