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comunidad según sus propias posibilidades y disponibilidad de tiempo, la
administración del Sacramento de la unción de los enfermos en la medida de lo
posible debería implicar a toda la comunidad, que por lo menos en el espíritu
está unida para suplicar del Señor la salud y el consuelo del hermano enfermo.
El nuevo Ordo reacciona contra un espiritualismo exagerado, recuperando a la
luz de la encarnación todo lo que la cultura moderna ha descubierto en torno a la
corporeidad: el hombre no es una interioridad cerrada que en un segundo tiempo,
como si se tratara de una segunda fase, se encarna en el mundo a través de la
corporeidad. El cuerpo humano forma parte indivisiblemente como tal de la
subjetividad del hombre. Es en el cuerpo que el hombre se manifiesta, se hace
visible, perceptible, abierto a todos. La carne del hombre, su ser cuerpo, es el
"lugar" en el que el hombre ama, sufre, trabaja, se relaciona con el otro. A la luz
de esta recuperación, el ritual declara que el hombre entero, espíritu
encarnado, es ayudado para vivir su vida, a pesar de las particulares dificultades
de la enfermedad (SUCPE 6; 59; 77 bis; 79; 80). La misma fórmula sacramental
revela un cambio de rumbo respecto a la visión expresada por la invocación
medieval, con la cual se pedía el perdón de los pecados cometidos con cada uno de
los sentidos. La liberación del pecado implícita en todo evento de salvación, es
al contrario un efecto secundario y condicionado:
"Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia te ayude el
Señor con la gracia del Espíritu Santo. Amén. Para que, libre de tus
pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén".
La fórmula coloca, pues, el sacramento en el plano del evento salvífico, Cristo no
se presenta como uno que hace la competencia a aquellos que actúan en el campo
de la medicina: Cristo es el Salvador. La unción, en efecto, es sacramento de la
fe, encuentro con Cristo en el y mediante el signo sacramental, que es don
de gracia al fin de superar las dificultades de la situación de enfermedad, sostén en
la prueba, fuerza para seguir adelante en el camino de salvación en el ámbito de
la misión de la Iglesia.39
La experiencia nos ha mostrado como muchas veces la oración de los hermanos de la
comunidad (hecha también levantándose en la noche) ha obtenido auténticos
milagros de curación40 (sobre todo en casos de enfermedades graves de padres con
hijos todavía pequeños) y de cualquier modo han constituido siempre un beneficio en el
combate de la enfermedad.
El sufrimiento destinado a santificar a los que sufren y también a los que les
asisten
"A todos los que me escucháis quisiera dejaros como conclusión las palabras de
Jesús: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Eso significa que el sufrimiento,
destinado a santificar a los que sufren, también está destinado a santificar a
los que les proporcionan ayuda y consuelo". (Catequesis del Papa a los
enfermos, Roma 27 de abril de 1994, 7)
"Si a la luz del Evangelio la enfermedad puede ser un tiempo de gracia, un tiempo
en que el amor divino penetra más profundamente en los que sufren, no cabe duda
que, con su ofrenda, los enfermos se santifican y contribuyen a la santificación
de los demás. Eso vale, en particular para los que se dedican al servicio de los
enfermos. Dicho servicio, al igual que la enfermedad, es un camino de
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G. Colombo, "Unción de los Enfermos", en Nuevo diccionario de Liturgia, Ed. Paulinas 1986 p. 1564
"La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer
las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un
don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del
maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte. Esta asistencia del Señor por la
fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, 8i tal
es la voluntad de Dios. Además, "si hubiera cometido pecados, le serán perdonados" (CEC 1520)
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