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hombre que sufre, en cierto modo a través de lo íntimo de su sufrimiento.
En efecto, el sufrimiento no puede ser transformado y cambiado con una
gracia exterior, sino interior. Cristo, mediante su propio sufrimiento
salvífico, se encuentra muy dentro de todo sufrimiento humano, y puede
actuar desde el interior del mismo con el poder de su Espíritu de Verdad, de su
Espíritu Consolador.31 (SD 26)
El valor del sufrimiento se descubre en un camino progresivo
Pero este proceso interior no se desarrolla siempre de igual manera. A menudo
comienza y se instaura con dificultad. El punto mismo de partida es ya diverso;
diversa es la disposición, que el hombre lleva en su sufrimiento. Se puede
sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una
protesta típicamente humana y con la pregunta del «por qué». Se pregunta
sobre el sentido del sufrimiento y busca una respuesta a esta pregunta a nivel
humano. Ciertamente pone muchas veces esta pregunta también a Dios, al
igual que a Cristo. Además, no puede dejar de notar que Aquel, a quien pone
su pregunta, sufre El mismo, y por consiguiente quiere responderle desde la cruz,
desde el centro de su propio sufrimiento. Sin embargo a veces se requiere
tiempo, hasta mucho tiempo, para que esta respuesta comience a ser
interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en
abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El
hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte
en partícipe de los sufrimientos de Cristo.32
La respuesta del Señor al sufrimiento no es abstracta: es una llamada
"¡Sígueme!"
La respuesta que llega mediante esta participación, a lo largo del camino del
encuentro interior con el Maestro, es a su vez algo más que una mera
respuesta abstracta a la pregunta acerca del significado del sufrimiento. Esta
es, en efecto, ante todo una llamada. Es una vocación. Cristo no explica
abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice:
«Sígueme», «Ven», toma parte con tu sufrimiento en esta obra de
salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de
mi cruz. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente
a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. El
hombre no descubre este sentido , a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de
Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo aquel sentido salvífico del
sufrimiento desciende al nivel humano y se hace, en cierto modo, su respuesta
personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e
incluso la alegría espiritual. (SD 26)
Alegría en el sufrimiento
De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me
alegro de mis padecimientos por vosotros» (Col 1,24). Se convierte en fuente
de alegría la superación del se n tido d e inu tilid a d de l su f r im ien to , se n sa ció n
q ue a ve ce s e stá ar r aig ad a mu y profundamente en el sufrimiento humano.
Este no sólo consume al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo
31

“… Jesús no duda en proclamar la bienaventuranza de los que sufren: «Bienaventurados los que
lloran, porque ellos serán consolados...» (Mt 5,4) Sólo se puede entender esta bienaventuranza si se
admite que la vida humana no se limita al tiempo de la permanencia en la tierra, sino que se proyecta
hacia el gozo perfecto y la plenitud de vida en el más allá. El sufrimiento terreno, cuando se acepta
con amor, es como una fruta amarga que encierra la semilla de la vida nueva, el tesoro de la
gloria divina que será concedida al hombre en la eternidad" (Catequesis del Papa a los enfermos, Roma
27 de abril de 1994, 3).
32
En la medida en que frente al sufrimiento cerramos nuestro corazón a Dios, este se
transforma en un insoportable peso y angustia; al contrario, en la medida en que nuestro corazón se
abre a Dios, abandonándonos a su voluntad, fluye en nosotros la fuerza de Cristo resucitado que nos infunde
paz y a la vez también alegría.