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Apóstol sobre el tema del sufrimiento aparece a menudo el motivo de la gloria, a
la que da inicio la cruz de Cristo.
Los testigos de la cruz y de la resurrección estaban convencidos de que
«por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios». (Hch 14,22)
(SD 21)
La resurrección de Cristo ha revelado «la gloria del siglo futuro» y,
contemporáneamente, ha confirmado «el honor de la Cruz»: aquella gloria
que está contenida en el sufrimiento mismo de Cristo, y que muchas
veces se ha reflejado y se refleja en el sufrimiento del hombre, como
expresión de su grandeza espiritual. Hay que reconocer el testimonio glorioso no
sólo de los mártires de la fe, sino también de otros numerosos hombres que a
veces, aun sin la fe en Cristo, sufren y dan la vida por la verdad y por una justa
causa. En los sufrimientos de todos estos, es confirmada de modo particular la gran
dignidad del hombre. (SD 22)
Participar en los sufrimientos de Cristo para participar en
su gloria
En nuestra debilidad se manifiesta el poder de Cristo
En el sufrimiento (enfermedad, vejez, muerte) experimentamos nuestra radical
impotencia, debilidad, pero por la presencia de Cristo vivo en nosotros, ésta se
convierte en una ocasión para que se manifieste en nosotros la potencia de su gloria.
El sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba -a veces una prueba
bastante dura-, a la que es sometida la humanidad. Desde las páginas de las
cartas de San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica
de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el
Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en
los sufrimientos de Cristo. El escribe en la segunda carta a los Corintios: «Muy
gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para
que habite en mí la fuerza de Cristo» (2 Cor 12,9)... Y en la carta a los
Filipenses dirá incluso: «Todo lo puedo en aquél que me conforta». (Fil 4,13)
Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el
misterio pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo
desciende, en una primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la
impotencia humana; en efecto, El muere clavado en la cruz. Pero si al mismo
tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza
de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos
humanos pueden ser penetradas por la misma fuerza de Dios, que se ha
manifestado en la cruz de Cristo. En esta concepción sufrir significa hacerse
particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las
fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo. En El Dios ha
demostrado querer actuar especialmente por medio del sufrimiento, que es
la debilidad y la expoliación del hombre, y querer precisamente manifestar su
fuerza en esta debilidad y en esta expoliación.
En la carta a los Romanos el apóstol Pablo se pronuncia todavía más
ampliamente sobre el tema de este «nacer de la fuerza en la debilidad»,
nacimiento, de su vida oculta, formándose en nosotros y volviendo a nacer en nuestras almas por los santos
sacramentos del bautismo y de la sagrada eucaristía, y haciendo que llevemos una vida espiritual e interior,
escondida con él en Dios.
Quiere completar en nosotros el misterio de su pasión, muerte y resurrección, haciendo que suframos,
muramos, y resucitemos con el y en él. Finalmente, completará en nosotros su estado de vida gloriosa e
inmortal, cuando haga que vivamos, con él y en él una vida gloriosa y eterna en el cielo" (Del Tratado El Reino
de Jesús, de San Juan Eudes, sacerdote).
