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misma naturaleza que el Padre, sufre como hombre. Su sufrimiento tiene
dimensiones humanas, tiene también una profundidad e intensidad -únicas en
la historia de la humanidad- que, aun siendo humanas, pueden tener también
una incomparable profundidad e intensidad de sufrimiento, en cuanto que el Hombre
que sufre es en persona el mismo Hijo unigénito: «Dios de Dios». Por lo tanto,
solamente El -el Hijo unigénito- es capaz de abarcar la medida del mal contenida
en el pecado del hombre: en cada pecado y en el pecado «total», según las
dimensiones de la existencia histórica de la humanidad sobre la tierra. (SD 17)
Cristo sufre voluntariamente y sufre inocentemente
Cristo sufre voluntariamente 27 y sufre inocentemente. Acoge con su
sufrimiento aquel interrogante que, puesto muchas veces por los hombres, ha
sido expresado, en un cierto sentido, de manera radical en el Libro de Job. Sin
embargo, Cristo no sólo lleva consigo la misma pregunta (y esto de una manera
todavía más radical, ya que El no es sólo un hombre como Job, sino el unigénito
Hijo de Dios), pero lleva también el máximo de la posible respuesta a este
interrogante. La respuesta emerge, se podría decir, de la misma materia de la que
está formada la pregunta. Cristo da la respuesta al interrogante sobre el
sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir,
con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento, el cual está
integrado de una manera orgánica e indisoluble con las enseñanzas de la Buena
Nueva. Esta es la palabra última y sintética de ésta enseñanza: «la doctrina de
la Cruz», como dirá un día San Pablo. (SD 18)
La "palabra de la cruz": verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento
Esta «doctrina de la Cruz» llena con una realidad definitiva la imagen de la
antigua profecía. Muchos lugares, muchos discursos durante la predicación pública
de Cristo atestiguan cómo Él acepta ya desde el inicio este sufrimiento, que es la
voluntad del Padre para la salvación del mundo.
Sin embargo, la oración en Getsemaní tiene aquí una importancia decisiva.
Las palabras: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se
haga como yo quiero, sino como quieres tú»; y a continuación: «Padre mío, si
esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26,42), tienen
una multiforme elocuencia. Prueban la verdad de aquel amor, que el Hijo
unigénito da al Padre en su obediencia. Al mismo tiempo, demuestran la
verdad dé su sufrimiento.
Las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del amor
mediante la verdad del sufrimiento. Las palabras de Cristo confirman con toda
sencillez esta verdad humana del sufrimiento hasta lo más profundo: el
sufrimiento es padecer el mal, ante el que el hombre se estremece. El dice:
«pase de mí», precisamente como dice Cristo en Getsemaní.
Sus palabras demuestran a la vez esta única e incomparable profundidad e
intensidad del sufrimiento, que pudo experimentar solamente el Hombre
que es el Hijo unigénito; demuestran aquella profundidad e intensidad que las
palabras proféticas antes citadas ayudan, a su manera, a comprender. No
ciertamente hasta lo más profundo (para esto se debería entender el misterio
divino-humano del Sujeto), sino al menos para percibir la diferencia (y a la
vez semejanza) que se verifica entre todo posible sufrimiento del hombre y el del
Dios-Hombre. Getsemaní es el lugar en el que precisamente este sufrimiento,
expresado en toda su verdad por el profeta sobre el mal padecido en él mismo,
se ha revelado casi definitivamente ante los ojos de Cristo.
Después de las palabras en Getsemaní vienen las pronunciadas en el Gólgota,
27

”El cual, cuando iba a ser entregado a su pasión voluntariamente aceptada" cantarnos en la Anáfora II de la
Eucaristía.