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que atestiguan esta profundidad -única en la historia del mundo- del mal del
sufrimiento que se padece. Cuando Cristo dice: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado?», puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen
en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el
Padre «cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros» (ls 53,6) y sobre la idea
de lo que dirá San Pablo: «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por
nosotros» (2 Cor 5,21). Junto con este horrible peso, midiendo «todo» el mal de dar
las espaldas a Dios, contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina
de la unión filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable
este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con
Dios. Pero precisamente mediante tal sufrimiento Él realiza la Redención, y
expirando puede decir: «Todo está cumplido» (Jn 19,30)...
El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la
vez ésta ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden
nuevo: ha sido unida al amor 28 , a aquel amor del que Cristo hablaba a
Nicodemo, a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal,
sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la
redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella
toma constantemente su arranque. La cruz de Cristo se ha convertido en una
fuente de la que brotan ríos de agua viva. En ella debemos plantearnos
también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final
la respuesta a tal interrogante. (SD 18)
El misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual
"La cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del
hombre y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo
alcanza junto con la resurrección: EL MISTERIO DE LA PASIÓN ESTÁ
INCLUIDO EN EL MISTERIO PASCUAL. Los testigos de la pasión de Cristo son a la vez
testigos de su resurrección. Escribe San Pablo: «Para conocerle a El y el poder de
su resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándome a El en su
muerte por si logro alcanzar la resurrección de los muertos» (Fil 3,10-11).
Verdaderamente el Apóstol experimentó antes «la fuerza de la resurrección» de
Cristo en el camino de Damasco, y sólo después, en esta luz pascual, llegó a la
«participación en sus padecimientos», de la que habla, por ejemplo, en la carta a
los Gálatas. La vía de Pablo es claramente pascual: la participación en la cruz de
Cristo se realiza a través de la experiencia del Resucitado, y por tanto mediante
una especial participación en la resurrección.2929 Por esto, incluso en la expresión del
28
En el sacrificio del hijo del hombre, el Espíritu Santo está presente y actúa como en su concepción, en su
venida al mundo, en su vida escondida y en su ministerio público. Según la Carta a los Hebreos, en el camino
de su "salida" a través del Getsemaní y el Gól g ota, el mismo Cristo Jesús en su propia humanidad se
abrió totalmente a esta acción del Espíritu-Paráclito, que desde el sufrimiento hace surgir el eterno amor
salvífico. Él, pues, "fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció
experimentó la obediencia". De este modo, esa Carta demuestra cómo la humanidad, sometida al pecado en
los descendientes del primer Adán, en Cristo Jesús ha llegado a estar perfectamente sometida a Dios y
unida a El y, al mismo tiempo, llena de misericordia hacia todos los hombres.
29 "
Debemos continuar y completar en nosotros los estados y misterios de la vida de Cristo, y suplicarle
con frecuencia que los y complete en nosotros y en toda su Iglesia.
Porque los misterios de Jesús no han llegado todavía a su total perfección y plenitud. Han llegado,
ciertamente, a su perfección y plenitud en la persona de Jesús, pero no en nosotros, que somos sus
miembros, ni en su Iglesia, que es su cuerpo místico. El Hijo de Dios quiere comunicar y extender en cierto
modo y continuar sus misterios en nosotros y en toda su Iglesia, ya sea mediante las gracias que ha
determinado otorgarnos, ya mediante los efectos que quiere producir en nosotros a través de estos
misterios. En este sentido, quiere completarlos en nosotros.
Por esto, San Pablo dice que Cristo halla su plenitud en la lglesia y que todos nosotros
contribuimos a su edificación y a la medida de Cristo en su plenitud, es decir, a aquella edad mística que él
tiene en su cuerpo místico, y que no llegará a su plenitud hasta el día del juicio. El mismo apóstol dice, en
otro lu g ar, que él completa en su carne los dolores de Cristo.
De este modo, el Hijo de Dios ha determinado consumar y completar en nosotros todos los estados y
misterios de su vida. Quiere llevar a término en nosotros los misterios de su encarnación, de su
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