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del vigorizarse espiritualmente del hombre en medio de las pruebas y
tribulaciones, que es la vocación especial de quienes participan en los sufrimientos
de Cristo. «Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores de que la
tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la
virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el
amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu
Santo, que nos ha sido dado». (Rm 5,3-5) En el sufrimiento está como contenida
una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte.
Esta es la virtud de la perseverancia al soportar lo que molesta y hace daño.
Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la
convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, no lo privará de su
propia dignidad unida a la conciencia del sentido de la vida. Y así, este sentido
se manifiesta junto con la acción del amor de Dios, que es el don supremo del
Espíritu Santo. A medida que participa de este amor, el hombre se encuentra
hasta el fondo en el sufrimiento: reencuentra «el alma», que le parecía haber
«perdido» a causa del sufrimiento. (SD 23)
En el sufrimiento se esconde una fuerza particular que acerca interiormente
el hombre a Cristo
A través de los siglos y generaciones se ha constatado que en el sufrimiento se
esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo,
una gracia especial. A ella deben su profunda conversión muchos santos, como
por ejemplo San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, etc. Fruto de esta
conversión es no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del
sufrimiento, sino sobre todo que en el sufrimiento llega a ser un hombre
completamente nuevo. Halla como una nueva dimensión de toda su vida y de
su vocación. Este descubrimiento es una confirmación particular de la grandeza
espiritual que en el hombre supera el cuerpo de modo un tanto
incomprensible. Cuando este cuerpo está gravemente enfermo, totalmente
inhábil y el hombre se siente como incapaz de vivir y de obrar, tanto más se ponen
en evidencia la madurez interior y la grandeza espiritual, constituyendo una
lección conmovedora para los hombres sanos y normales.30
Esta madurez interior y grandeza espiritual en el sufrimiento, ciertamente son fruto
de una particular conversión y cooperación con la gracia del Redentor
crucificado. El mismo es quien actúa en medio de los sufrimientos humanos
por medio de su-Espíritu de Verdad, por medio del Espíritu Consolador... El es
-como Maestro y Guía interior- quien enseña al hermano y a la hermana que sufren
este intercambio admirable, colocado en lo profundo del misterio de la redención.
El sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la
más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna.
Cristo con su sufrimiento en la cruz... ha vencido al artífice del mal, que es
Satanás, y su rebelión permanente contra el Creador. Ante el hermano o la
hermana que sufren, Cristo abre y despliega gradualmente los horizontes del
Reino de Dios, de un mundo convertido al Creador, de un mundo liberado del
pecado, que se está edificando sobre el poder salvífico del amor. Y, de una forma
lenta pero eficaz, Cristo introduce en este mundo, en este Reino del Padre al
Para el que tenga interés me permito señalar el libro de Domenico Mondrone, Angiolino, Edizioni
Centro Volontari Della Sofferenza, Via dei Bresciani 2, 00186 Roma 1983; [en español:
Domenico Mondrone, angelo, Edibesa, Madrid 2003]. Se trata de la vida de un amigo mío, el
Venerable Angiolino Bonetta, del que está en curso la causa de beatificación. Un testimonio
de cómo actúa el Señor en un muchacho de 14 años, afectado por el cáncer. En un tiempo
como el nuestro en que se aprueba la ley de la eutanasia para chicos afectados por
enfermedades terminales, es un testimonio de actualidad.
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