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"Según el testimonio del principio, que encontramos en la Escritura y en la Tradición,
después de la primera (y a la vez más completa) descripción del Génesis, el pecado en
su forma originaria es entendido como «desobediencia», lo que significa simple y
directamente trasgresión de una prohibición puesta por Dios... Llamado a la
existencia, el ser humano —hombre o mujer— es una criatura. La «imagen de Dios»,
que consiste en la racionalidad y en la libertad, demuestra la grandeza y la dignidad
del sujeto humano, que es persona. Pero este sujeto personal no deja de ser una
criatura: en su existencia y esencia depende del Creador. Según el Génesis, «el árbol
de la ciencia del bien y del mal» debía expresar y constantemente recordar al
hombre el «limite» insuperable para un ser creado. En este sentido debe entenderse la
prohibición de Dios: el Creador prohíbe al hombre y a la mujer que coman los frutos del
árbol de la ciencia del bien y del mal. Las palabras de la instigación, es decir de la
tentación, como está formulada en el texto sagrado, inducen a transgredir esta
prohibición, o sea a superar aquel «límite»: «el día en que comiereis de él se os abrirán
los ojos y seréis como Dios ("como dioses), conocedores del bien y del mal". La
«desobediencia» significa precisamente pasar aquel límite que permanece insuperable a
la voluntad y a la libertad del hombre como ser creado. Dios creador es, en efecto, la
fuente única y definitiva del orden moral en el mundo creado por él. El hombre no
puede decidir por sí mismo lo que es bueno y malo, no puede «conocer el bien y el mal
como Dios». (Dominum et Vivificantem 36)
El Padre Jean Galot, en el libro citado "¿Por qué el sufrimiento?" comenta:
Por qué el Padre ha elegido el camino del Sufrimiento
¿Por qué el Padre ha elegido el camino del sufrimiento? El Padre podía haber
elegido otro camino de salvación, conceder el perdón sin tener que recurrir
necesariamente al sacrificio redentor.
Si Él ha querido elegir el camino del sacrificio, es porque ha querido
respetar las consecuencias del pecado. Si hubiese perdonado sin exigir
una reparación, le habría dado poca importancia a las libres decisiones del
hombre. Si hubiese borrado simplemente la culpabilidad, no habría tomado
en serio la ofensa del pecado. Por lo tanto en lugar de minimizar esta
ofensa, la revelación del Antiguo Testamento tiende a iluminar su gravedad. El
Padre da importancia a las opciones de la voluntad humana: Hay aquí una
manifestación de su amor hacia el hombre.
En efecto, exigiendo una reparación, Él rinde honor al hombre. Le permite
de esta manera una libertad más funcional frente al pecado, y lo solicita a la
colaboración en la obra de la salvación. Lo que repara es una actitud opuesta
a la ofensa y corrige la desviación de la voluntad y de los sentimientos. Es
cierto que la reparación fundamental es cumplida por Cristo, pero el Salvador
implica a la humanidad haciéndola partícipe de esta reparación
El Padre ha querido respetar la decisión del pecador que acepta las
consecuencias del sufrimiento y de la muerte que derivan del pecado... el
pecador debe cargar con los efectos de su falta... pero estas consecuencias, el
Padre las transforma, haciendo recaer sobre su Hijo el sufrimiento y la
muerte. Es así corno se armoniza su amor salvador con su respeto a la
voluntad humana.
Acogiendo el sufrimiento y la muerte, fruto del pecado, y cargándolas sobre su Hijo,
el Padre les confiere un nuevo valor. Por sus dolores y su muerte en la cruz,
Jesús llegará hasta el extremo del amor. El sufrimiento le permitirá amar en el
modo más perfecto. Ya hemos hecho notar que en el Padre la voluntad del
sacrificio constituye el ápice de su amor hacia la humanidad. El sufrimiento es el