Eduardo Camacho poliedrico creador 2010.pdf

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Al año siguiente estrenamos con Los Ambulantes, en febrero de mil
novecientos setenta y cuatro, en el exquisito espacio llamado El Almacén de César
Manrique y Pepe Dámaso, La Estatua y el perro. He de reconocer que le tengo una
debilidad especial a este montaje. De hecho tuvo tal resonancia social que llegó a
propiciar una intervención artística plurimedial. Es decir, el realizador de cine
Joseph Vilageliú rodó su película titulada de la misma manera, La Estatua y el
perro, con el grupo Los Ambulantes y la dio a conocer proyectándola en varios
centros y espacios culturales al año siguiente. Mientras, y por otro lado, el pintor y
fotógrafo Imeldo Bello, creaba una bella exposición itinerante titulada Fotografía
otra: sobre La Estatua y el perro. No cabe duda que en aquel montaje, Eduardo
Camacho le mostró a su público lo mejor de su condición plástica. En el programa
de mano escribí cosas como éstas:
Una estatua, un perro. ¿Qué estatua no ha levantado su pata
ante un perro y qué perro no ha levantado su pie ante una
estatua? Protagonistas: un perro y una estatua. Accidentes: un
hombre y una mujer, un Dios, unos hombres, algunas guerras
(malvadas)… Una estatua, de pura piedra, pasa lentamente en
el paseo de un parque (¡ahí la Historia!), ve a un perro, un can
sencillo, levanta un pie y moja las lanas del perro. Segunda
parte (¡sigue la historia!), un perro camina a cuatro patas, en el
lento paseo de su monotonía, al fondo una estatua con
pretensiones de eternidad, con bostezos de simbologías.
Bordea la piedra hecha estatua el lebrel sin dueño, olfatea el
cubículo que hace de sostén al mito erigido, huele el sabor a
eternidad trasnochada, remira unos segundos más, levanta la
pata izquierda trasera… se mea muy, muy lentamente…
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