Eduardo Camacho poliedrico creador 2010.pdf


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Y, al final, la Estatua estornuda ostensiblemente. Claro está, la estatua, era
la Estatua de la Libertad, la que se halla colocada en Manhattan como símbolo de
un concepto democrático que en aquella época nuestro país apenas imaginaba,
porque en esos años no había libertad. Y, aunque ya advertimos más arriba del
tono aperturista en que nos hallábamos y aprendíamos a movernos, no cabía
ninguna duda de que la sencillísima historia de un perro y una estatua (la de la
Libertad) a la gente le llegaba impactándole a distintos niveles. Desconozco si
existen imágenes filmadas del montaje hecho por Eduardo para aquella ocasión en
el interior de El Almacén. Se trataba de un espacio muy bello, pero pequeño,
obstaculizado por escaleras, puertas y ventanas, pero, al mismo tiempo
extremadamente propiciador de una búsqueda de nuevas salidas a los espacios
escénicos tradicionales, como el Guimerá de Santa Cruz. Con lo que, dada la
orografía de aquel específico espacio escénico de El Almacén, Eduardo tuvo que
valerse de su mejor creatividad para conferirle a la extrema cercanía con el
espectador un valor añadido, y dotarles a las distintas alturas un juego de
especialidades que le permitirían jugar tanto con la sorpresa como con el susto. La
cercanía de público y actores sordomudos creó una magia tal y un revuelo tan
hondo de todo lo visceral, que de aquel extraño e impactante montaje se estuvo
hablando durante tiempo. ¡Porque para sumar sorpresas estaban los sonidos
inquisitoriales, aberrantes o escalofriantes, de los actores para garantizar el
impactar sobre los oídos tenidos por normales de los espectadores! Como es sabido,
este grupo, Los Ambulantes, estaba formado única y exclusivamente por actores
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