Policromática MatÃas Castro Arias.pdf

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decir. Las amigas de Diana le aseguraban que Tobías era
un niño precioso y cautivador, con completa honestidad.
Algo en su mirada, la profundidad de sus ojos. Quién
sabe.
No había forma de descubrirlo. Entender qué encantaba
a sus padres, a sus abuelos y a gran parte de quienes lo
conocieron en su corta vida. Sus rasgos físicos sufrieron
leves modificaciones que para un ojo atento pudieron
parecer significativos, pero aun sometidos al juicio
y castigo del tiempo no llegaban a perder su poder de
embrujo. Bebé Tobías, pequeño caramelo, hechicero del
bosque.
Las muchas noches intranquilas en que Tobías lloraba
tan alto que su lamento atravesaba las paredes, Diana lo
acompañaba hasta que volviera a la calma. Lo observaba
dormirse de a poco y ella misma entraba en ese dulce
trance de la duermevela. Fue en esos momentos en que
le costó reconocer qué pertenecía a lo real y qué a lo
onírico, si tal o cual movimiento del bebé fueron parte de
un sueño o algo más cercano. Quería entonces contarle
estas anécdotas a su marido, pero no sabía cómo tratar
el tema. Él, a pesar de cierta distancia, notó el desgaste
que provocaba la maternidad en la salud de su mujer y
le sugirió, primero de forma sutil, contratar a alguien
para que cuidara de Tobías. La oposición de Diana fue
inmediata, pero a medida que avanzaron los días y las
horas de sueño perdido comenzaron a acumularse sin
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