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Aprovechándome de esta raíz cristiana y de la fuerza interior que
conlleva en el creyente, quiero ver en ella un plus que ofrece luz,
confianza, serenidad, equilibrio, paz, alegría, convivencia. Mejor calidad de
vida. No es ninguna exageración ya que la Iglesia, a sus miembros, a sus
participantes, les hace con estas características.
Tal vez esta convivencia, dada la condición humana, tenga que surgir de
la misma diversidad de las personas; más difícil, pero siempre es posible y,
más enriquecedora. El creyente tiene como norma recibida del Maestro:
"el amor y el respeto a los demás como a nosotros mismos” (Mc 12, 2834). Amar a Dios y amar al prójimo como una forma de actuación. La
única forma para el creyente. El amor resume los mandamientos y es tan
eficaz, si es verdadero, dice San Agustín, que donde manda el amor sobran
las leyes. Con estas palabras matiza que debemos movernos como
ciudadanos de este mundo y como ciudadanos de una tierra nueva donde
reine la justicia y la verdad.
El no creyente, sin embargo, conducido por su fidelidad a unas leyes
naturales, impresas por el mismo Creador, Dios, siente también en su
conciencia el mismo deseo de bien y convivencia y, por ello, el mismo
respeto necesario para convivir con todos; su origen ético converge en parte
con el mismo amor cristiano. Por supuesto más difícil de descubrir esta
trayectoria al no encontrarse avalada por la falta de una proyección
trascendente.

LOS MANDAMIENTOS: NORMAS DE FELICIDAD
Y es que en el fondo de cada persona hay una fibra misteriosa que le
hace a cada uno ser como es y, sin ninguna distinción, todo el mundo
abriga en su misma persona el deseo de ser feliz. No en vano somos el
reflejo y la imagen de Dios. Quiere que seamos felices en esta vida y
después. Por nuestra parte se requiere la respuesta noble y justa para
conseguirlo. Para ello este deseo se encuentra regulado por unas normas
que conocemos con el nombre de los mandamientos y que dirigen esos
comportamientos nobles y justos. Normas que están escritas en nuestra
misma conciencia y, se conocen, como la ley natural que Dios ha impreso
en el alma de cada hombre. Iluminan nuestra vida a la hora de actuar. Nos
resultan necesarias e imprescindibles para seguir el camino indicado, ya
que somos un cúmulo de deseos que bullen en nuestra vida, necesitamos de
una orientación. ¡Qué bien conocía el apóstol S. Pablo nuestra situación!:
“Hago lo que no quiero y dejo de hacer lo que quiero” (Rom 7, 18-25). Y
es que la relación directa entre los mandamientos y la felicidad resulta
bastante clara.
Y por si esto fuese poco, es capaz de hacernos distinguir entre el bien y
el mal, lo malo y lo bueno, lo que se debe hacer y evitar. Nos acusa al hacer
el mal y sentimos el beneplácito de la práctica del bien.

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