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En Soncillo la Iglesia y la torre bombardeadas.
La mano de Dios
Pasados unos años la torre de la Iglesia también fue una de las mejoras
necesarias a realizar. Se encontraba en un estado muy deteriorado y además
causado voluntariamente. Solo su construcción maciza y pétrea lo pudo
aguantar. No fue el paso del tiempo el que hizo mella en ella. Sus llagas y
sus grietas en la piedra fueron las consecuencias graves de las bombas y
cañonazos de la guerra. Fue el objetivo de los tiros y de las bombas del
odio, repetidos en varias ocasiones. Trozos de los aleros del tejado,
después del deterioro, están hechos de cemento y las piedras de las repisas
mordidas por las bombas, se pueden contemplar perfectamente. ¿Qué
tendría de malo, de sospecha para enfrentarse tan cruelmente contra ella?
Solo el odio satánico de una guerra pudo hacerlo y, por desgracia así fue.
Aquella mañana, de uno de tantos días en los que la aviación republicana
descargaba sus bombas de muerte contra el pueblo, pudo haberse
consumado una tragedia dentro de la Iglesia, objeto preferente a
bombardear. Pero ahí quedaba oculta y poderosa la mano de Dios. Esto
sucede cuando D. Emeterio Ruiz, sacerdote, natural de esta parroquia, se
encontraba en la Iglesia celebrando la Santa Misa. Estaba acompañado de
su sobrino, Felipe Peña, un niño de 9 años de edad, cuando una bomba
cayó sobre ella, rompió el tejado de la Iglesia, abrió la bóveda y fue a caer a
muy pocos centímetros de sus pies. Al niño le alcanzan, muy
superficialmente, algunos cascotes de ladrillos y tejas que caen de la
bóveda y, le causan heridas en su cuerpo, requiriendo los cuidados del
médico.
Tengo para mí y, creo que muchos piensan lo mismo, que no fue una
mera casualidad de que la bomba no explotara porque las casualidades no
existen, sino la mano protectora de los Santos Patronos que desviaron unos
centímetros su trayectoria y, sobre todo, que en el suelo, no se produjera la
explosión del artefacto.
No iba a ser menos para Dios la Iglesia de un lugar casi perdido en las
montañas de Burgos, que la Basílica del Pilar de Zaragoza. Allí se
arrojaron también varias bombas y se produjo el milagro, gracias a la
intervención de la Virgen. La única diferencia es que allí se conservan las
cápsulas vacías, el cuerpo del delito. Aquí no se previó este testimonio para
la posteridad.
Hoy con su torre arreglada constituye el símbolo de paz y de concordia
de una época nueva que rechaza y confía, que nunca jamás, ocurrirá
semejante desgracia. Que las torres, las casas y las vidas, sólo se caigan por
ese proceso inexorable del tiempo, que afecta a todo, hasta ponerlo fin
porque en su misma raíz se halla su limitación y su caducidad.
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