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MUERTE E INMORTALIDAD

“Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo: si el
grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 24).
Estas dos vidrieras están inspiradas en estas palabras del Señor, tan claras y tan lúcidas por su
sentido positivo como el cristal que ahora se presta para enaltecer, embellecer y explicar de una
manera sencilla cual es el sentido de la muerte desde este pensamiento del Señor. Ambas vidrieras,
la del bajo coro con la imagen de un grano de trigo y la del alto coro, otro grano de trigo, pero
dorado símbolo de Dios, en su meta. Están relacionadas verticalmente y se complementan formando
una sola. En la vidriera inferior aparece el grano de trigo germinando, dicho de otra manera
exhalando, liberando vida de su interior. Queda reflejada esa vida en las raíces que se hunden en la
tierra y en unos tallos también portadores de vida que ascienden a lo alto. Habrás caído en la cuenta
de que para que todo este proceso suceda, previamente ha habido una muerte, la destrucción de la
semilla, del grano de trigo. Puede parecerte contradictorio que se muera para vivir, pero esa es la
sencilla realidad que nuestro entendimiento recibe y nos ofrece. Desde esta figura del grano de trigo,
el Señor nos habla de la muerte del ser humano no sólo desde un deseo de inmortalidad, muy
querido y abrigado en nuestro corazón, sino desde la objetividad de una experiencia que en su justa
medida podemos y debemos extrapolar a este final de nuestra existencia terrena. Lo que se da en esa
vida vegetativa se reproduce de una manera más elevada y grandiosa en la vida humana por gozar
ésta de un alma espiritual que ahora tiene como soporte un cuerpo quebradizo y mortal. Roto éste, se
produce esta liberación, por cierto muy paradójica desde nuestros sentidos, comprensible desde
nuestra razón y muy segura desde nuestra fe.
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