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capié que el Ministerio del Interior impusiera a la ciudad unas obligaciones, sin preocuparse sobre cómo financiar los gastos relativos.
Fue un grande e implacable adversario de todas las trabas y obstáculos que
abierta o veladamente intentaron de mil maneras estorbar a su obra. La dureza que algunos criticaron estaba causada solo por su desprecio a los intrigantes, cabilderos, traficantes y especuladores. Pareció en un momento dado que estos últimos tuvieron ventaja
cuando consiguieron excluirle de las elecciones administrativas, pero fue una victoria de
corta duración y que se volvió favorable a Emanuele, porque consiguió volver a entrar
mediante una espléndida votación en el consejo comunal, se quedó y fue elegido nuevamente como alcalde presidente. Desde entonces fue alcalde de Roma hasta su muerte.
Avanzaron por aquellos años las obras de encauzamiento del Tíber, mediante la construcción de unas murallas macizas.
Todas las áreas de los prados de castillo fueron así protegidas de las crecidas del
río e incluidas como zonas de expansión urbana en la redacción del primer plan regulador urbanístico ciudadano, que sería aprobado finalmente en el año 1883. Emanuele fue
un hombre íntegro, de una honestidad ejemplar. Era propietario de una amplia zona de
los prados de castillo, que fue recalificada como área de expansión.
Pues bien, unos meses antes que fuera presentado el nuevo plan al consejo comunal, vendió dichos terrenos por unos pocos centavos, diciendo: « ¡Si no lo hiciera,
me arriesgaría a no decidir por lo mejor, al estar condicionado por un interés privado
mío!»
A Víctor Emmanuel II le había sucedido el rey Humberto I y con el pasar del
tiempo, se había convertido en costumbre que los principales problemas de la capital
fueran examinados y discutidos en el palacio del Quirinal entre el rey, el presidente del
consejo y el alcalde de Roma.
Muchas iniciativas encontraron entonces su solución, porque sin la participación
del estado, nunca se habrían realizado obras grandiosas como Corso Víctor Emmanuel
(que conecta Largo Argentina al Tíber, con un corte atrevido a los barrios más antiguos)
o el paso muy elevado sobre el Muro Torto (para dar acceso al Pincio desde Villa
Borghese) o el paseo arqueológico ante las Termas de Caracalla o el túnel que une la
vía Nacional con la vía del Tritone.
El rey Humberto temía que los anárquicos colocaran una bomba en el túnel, haciendo saltar por los aires el palacio del Quirinal que se encuentra encima del mismo. «
¡Lo siento Majestad, pero antes de todo viene el interés de la ciudad de Roma! » fue la
contestación de Emanuele a las dudas del rey. Diez años más tarde el rey murió por un
atentado anárquico, pero no en Roma, sino en la ciudad de Monza.
En una época en que el gobierno italiano no mantenía relaciones con el Vaticano, el alcalde tuvo el gran mérito de saber evitar desacuerdos entre la Santa Sede y el
Municipio. Durante los últimos diez años, en caso de que hubiera un problema, enviaba
la princesa a una audiencia con el papa, pero a la vez procuraba resolver el malentendido en su oficina del Campidoglio. Autoritario y con una voluntad de hierro, como ya
dijimos, hacía temblar a todos. Un día que la plaza del Campidoglio estaba repleta de
gente vociferante por una acción de protesta, él no se descompuso, se puso el cilindro,
encendió un puro y salió en medio de la muchedumbre. La aglomeración, silenciosa,
abrió un pasillo y le dejó pasar sin un gesto hostil. ¿Y si hubiera sido pequeño de estatura y tímido, con un aspecto frágil? Era imponente y con aspecto solemne. La altivez, de
por sí, es antipática, pero el orgullo en ciertos casos se puede convertir en virtud.
En 1889 se casó con Josephine Beers-Curtis: fue su tercer matrimonio. Los
Beers Curtis, desembarcados del Mayflower en América, el nuevo mundo de los pioneros, formaron parte de la upper class de los Estados Unidos y se convirtieron en ricos