Emanuele Ruspoli (1).pdf

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banqueros. Después de dos siglos decidieron volver para conocer al viejo mundo y se
enfrentaron a una travesía del Atlántico unos padres con una hija de quince años, mientras que la segunda hija nacería al año siguiente.
Dicha travesía fue tan borrascosa y la familia sufrió mareos tan atroces que al
llegar a París, decidieron establecerse allí, renunciando a volver a Philadelphia. Josephine, nacida en París, debe ser considerada medio americana y medio parisina.
Los Beers Curtis fueron orgullosos de pertenecer a los Empires builders porque
habían contribuido a crear el gran imperio financiero americano. Representaban pues la
aristocracia del trabajo que buscaba un ensalzamiento uniéndose con la aristocracia europea, rica de historia y de gloriosos recuerdos. La joven Elisabeth Beers Curtis se casó
en Paris con el duque de Talleyrand Périgord, descendiente del famoso ministro de Napoleón I. Fue una mujer inteligente y enérgica que mandaba en casa y fuera de ella, como una especie de abeja reina. En su palacio de Paris recibió la mejor sociedad francesa, así como austriaca, rusa, inglesa y americana. Además tenía el empeño de arreglar
matrimonios.
Después de la muerte prematura de Constantino, Emanuele se hizo acompañar
en una misión parlamentaria en París por su hijo Mario de veinte años y dispuesto a
iniciar una carrera diplomática.
Elisabeth conoció entonces ese joven soltero, príncipe romano, le presentó a su
hija Palma de Talleyrand Périgord y consiguió que se casaran. Todavía insatisfecha,
habiendo conocido en la ocasión a Emanuele, entonces viudo cincuentón, príncipe de
Poggio Suasa, diputado del Parlamento italiano y alcalde de Roma, envió a su hermana
Josephine con motivo de un viaje turístico y cultural, como es natural, huésped en palacio Ruspoli. Así pues consiguió arreglar este segundo matrimonio. Mario fue un poco
trastornado porque se encontró con una madrastra de su edad y tía de su mujer. Emanuele, que nunca quiso escuchar la opinión de sus hijos, estaba encantado con una mujer
joven de menos de la mitad de sus años, una gran señora internacional y de clase alta,
que le permitía un nuevo comienzo y un regreso a los afectos familiares olvidados hace
tiempo en el torbellino de su carrera política. Su carrera ya tan consolidad que le permitía tomarse alguna agradable diversión. La vida para él había sido muy generosa, le faltaba solo el título de senador que obtuvo en 1896, había visto duplicar en dos décadas la
población de su ciudad en base a los eficaces programas dibujados por él mismo y había
gozado de los años inolvidables de su gran pasión con Catherine. Era un hombre satisfecho, trabajador incansable, que seguía sin desviarse del camino que se había trazado.
La princesa Josephine fue una mujer afectuosa y discreta detrás de la sombra de
su gran hombre. Pero supo secundarle también con inteligencia en las relaciones públicas, contribuyendo con un toque de elegancia y de savoir-faire que la permitieron alcanzar éxito y excelentes amistades en la sociedad italiana e internacional. Mientras,
Emanuele conseguía reconocimientos y atestados también en el extranjero: incluso fue
condecorado con la gran cruz de la Orden del Águila Blanca por el zar de Rusia y también en aquella ocasión, Josephine estuvo a su lado. Una gran preocupación de Emanuele era su hijo Eugenio, inconstante e indisciplinado, quien había decidido encontrar a su
destino en la exploración de las tierras de África.
No dejó de llevarle el ejemplo de su hermano Mario e intentó disuadirle de todas
las formas, hablándole de los peligros de estos viajes y de los muchos que no habían
regresado de ellos. Pero Eugenio fue más testarudo que su padre y nada hizo que cambiara de idea. Así que al final Emanuele se rindió a la idea y le ayudó en la hazaña, también porque el joven habría podido encumbrar aún más el nombre de la familia, y a la
vez haría un buen servicio a su País. En abril de 1891, justo cuando nació Francisco,
primer hijo de Josephine, Eugenio partió para su primera misión en Somalia. Al año
