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Al final fue aceptado el proyecto de la oficina técnica municipal, que preveía la
demolición de todos los edificios a las orillas del río hasta una profundidad de veinte
metros en ambos lados para crear dos avenidas arboladas a un nivel de 18 metros, tal
para asegurar para siempre la protección de las inundaciones.
El río quedaría cerrado por dos murallas de travertino, que habrían incorporado
en la orilla izquierda la isla Tiberina, enterrando el histórico puente Fabricio. Este antiguo puente de veintitrés siglos, fue el primero construido en Roma para conectar la orilla etrusca, allí donde se estrechaba el curso del río. El honorable Ruspoli apoyó el proyecto con la condición que se salvara íntegramente la isla Tiberina. Curiosamente la
mayoría parlamentaria se le opuso en este punto, demostrándose en cambio favorable al
proyecto integral. Para Emanuele, la desaparición del puente romano, restaurado por un
papa y por lo tanto admirablemente conservado, como también la supresión del brazo
izquierdo del río con la desaparición de la isla, representaba una ofensa a la memoria
histórica y arqueológica de la ciudad. Terco en su pensamiento, después de meses de
batallas oratorias, ganó por fin también esta vez; a él por lo tanto se debe la conservación de un legado de la mayor categoría.
En casa, mientras doña Laura cuidaba cariñosamente las pequeñas Catarina y
Margarita, pero estaba muy afligida por no ser capaz de dar a Emanuele un hijo de su
propia sangre. Pasaba el tiempo y su vida se llenaba de encuentros mundanos, era famosa, apetecida, pero infeliz a causa de su esterilidad. Por fin, tres años después de casarse
quedó embarazada. Pero fue un embarazo complicado y unos meses de guardar cama la
permitieron de dar a luz un niño, pero ella no pudo sobrevivir. El sexto hijo de Emanuele, Camilo, nació pues huérfano de madre y de abuela que había fallecido el año anterior, y tuvo una niñera que venía de la Ciociaria, una provincia campesina que suministraba niñeras para las buenas familias romanas. Sus hermanas tuvieron una buena nodriza inglesa, miss Coleman, que se demostró óptima con las niñas y con el gobierno de la
casa. Emanuele se había acostumbrado a comer en casa, pero por la tarde, mientras que
no tuviera invitados, cenaba fuera.
Había sido elegido ya por primera vez alcalde de Roma y se preocupaba del escándalo de los especuladores edilicios en la ciudad. Convencido sobre la necesidad de
regular adecuadamente el desarrollo de la construcción, convidó a Roma el Barón
Haussmann, conocido artífice de los bulevares parisinos en calidad de prefecto del Sena.
Con una visión urbanística inteligente e increíblemente moderna el Barón declaró: « La
vieja Roma ha mantenido un carácter histórico y artístico único en el mundo y todavía
está protegida por una corona verde formada por viñas y jardines. Conservadla así como
está: intervenid solamente en restauraciones conservadoras, haced que sea un museo
viviente. La nueva capital, con todos los edificios públicos y las residencias de los funcionarios, construidla en la zona próxima más saludable, es decir sobre los altos del
monte Mario.» La propuesta Haussmann fue debatida en el consejo comunal pero al
final fue rechazada porque en una época de paseantes y de coches de caballos, ¿Quién
hubiera escalado los cien metros de desnivel existentes entre los prados de castillo y la
cumbre de monte Mario?
Como alcalde, Emanuele en primer lugar reorganizó las oficinas municipales,
que parecían escasamente eficientes. Tuvo buen olfato en rodearse de buenos colaboradores y el municipio empezó a funcionar convenientemente bajo su guía inflexible. Entonces proyectó un amplio programa de actuaciones que iba desde los hospitales a la
asistencia para las clases más necesitadas, a las escuelas y colegios y a las grandes obras
públicas, pero siempre con un ojo atento al balance y a los posibles ingresos financieros.
Ocupando al mismo tiempo el cargo de diputado, llevó con autoridad la voz de Roma en
el Parlamento, luchando para obtener ayudas del Estado a su programa y haciendo hin-