Emanuele Ruspoli (1).pdf

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por dejar a Roma, haciendo huir de la ciudad los mejores elementos de pensamiento
liberal, fue interrumpido por el presidente del Consejo: « ¿Qué tendríamos que haber
hecho? ¿Acaso no os hemos liberado? » La respuesta rápida del honorable Ruspoli fue:
« ¡Vosotros debilitasteis la fe que había inspirado en el país el patriotismo de aquellos
que regresaron del exilio y de las batallas patrias! » Expresaba claramente un sentimiento personal con amargura, habiendo constatado que la política borra paulatinamente los
impulsos ideales. Y otra vez que el presidente del Parlamento se atrevió a murmurar al
final de una intervención del honorable Ruspoli: « ¡Discurso tribunicio! » Obtuvo una
réplica inmediata: « ¡Señor presidente, consiénteme contestarle que entre tantos pretorianos, un tribuno está muy bien! »
En el plano afectivo, sin embargo, el vacío dejado por el fallecimiento prematuro
de Catherine había sido remplazado en cierto sentido por la fogosidad y hasta por la
rabia que demostraba en su acción política. Sui madre, próxima a los ochenta, se preocupaba por el porvenir de los niños y pensaba que Emanuele necesitaría tener una mujer
a su lado, sea para sustituirla el día que ya no estuviera, que para dulcificar su carácter
que se estaba volviendo cada vez más rígido y duro con el pasar del tiempo. Así que le
presentó a doña Laura Caracciolo, una hermosa y refinada señora de la aristocracia napolitana, entonces con veintitrés años. En los asuntos del corazón, Emanuele no parecía
interesarse. Pero aceptó de encontrarse con doña Laura, solo que cuando trascurrían un
poco de tiempo juntos, Emanuele se volvía ausente con el pensamiento y se despertaba
de repente solo cuando la conversación vertía sobre Roma. No era el compañero ideal,
algunas veces era hasta descortés. Pero su madre y doña Laura nunca se desanimaron.
Doña Laura estaba fascinada por aquel guapo cuarentón, que frecuentaba la Casa Real y
todos los principales hombres políticos, que se sentaba en los bancos de derecha en un
Parlamento donde sus discursos eran a menudo apreciados por la izquierda. Su matrimonio fue en julio de 1878. Emanuele había adquirido un palacete en la calle de San
Nicolás de Tolentino, cerca de la plaza y del palacio Barberini, donde se trasladaron
todos sus hijos del primer matrimonio. Doña Laura tomó sabiamente las riendas de la
familia y dado que en esta faceta Emanuele prefería hacerse guiar, sugirió de tener en
casa a las niñas e ingresar los varones en el colegio. Fue así como Constantino y Mario
entraron en el colegio Nazareno de Roma, mientras que Eugenio, de carácter rebelde e
indisciplinado, ingresó por voluntad paterna en la Escuela Militar de Florencia.
Emanuele en aquel tiempo estaba concentrado en otra gran batalla parlamentaria.
Hay que saber que la historia de Roma estaba marcada por decenas de desastrosas inundaciones causadas por el Tíber y registradas desde siglos en los anales de la ciudad. Estas inundaciones producían indefectiblemente daños materiales y pérdidas de vidas humanas, no solo por ahogamiento sino también por las exterminadoras epidemias que
seguían después. Una de las crecidas más funestas se había producido durante el invierno 1870-1871, cuando las aguas habían sumergido todo el centro urbano.
Justo como tres siglos antes, cuando una barca de pescador se había encallado en
la plaza de España y el padre escultor de Gian Lorenzo Bernini, decidió inmortalizar el
hecho creando la famosa fuente, llamada por esto “la Barcaccia”. El gobierno italiano
propuso resolver en seguida el problema, dado que la nueva capital no podía estar sumergida cada vez que hubiera una crecida del Tíber.
Este río no era querido por los verdaderos romanos, porque no había paseos a lo
largo del río, sino que se asomaban al mismo las fachadas de servicio de casas y palacios. Se debatió entonces largamente un proyecto de ley denominado como el saneamiento higiénico de la ciudad de Roma y durante años muchos proyectos que fueron
todos rechazados fueron sometidos a la comisión encargada.
