Emanuele Ruspoli (1).pdf

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a abrazar a su padre. En lugar de ir a palacio, siguió así deambulando por las calles sin
una meta en particular. En todas partes la gente le saludaba y aclamaba el uniforme italiano, demostrando con cuanto anhelo habían esperado la liberación. De repente Emanuele se encontró delante del Círculo de la Caza: este círculo, fundado por los socios de
la caza del zorro el año anterior, estaba atestado de hombres de cada edad, que comentaban el día histórico que estaban viviendo. Emanuele no era socio, pero al aparecer
delante la entrada con el glorioso uniforme, fue convidado a entrar y subir a la planta
superior donde los socios más jóvenes le aplaudieron, mientras, a decir la verdad, los
mayores, testarudamente papistas, prefirieron ignorarle.
Entre los jóvenes, Emanuele vio algunos amigos de la infancia, que le sofocaron
con preguntas, manifestando su entusiasmo por la unificación de Italia, le sentaron en el
salón de la hospedería, le entretuvieron largamente y quisieron retar al ganador a una
partida de cartas. Transcurrió así la tarde y cuando los amigos le invitaron para cenar les
dijo que tenía que ir a su casa. Ya era tarde cuando se presentó en palacio Ruspoli: aquí
también fue acogido con entusiasmo por el personal, con un abrazo afectuoso del padre
y uno más frío del príncipe Juan.
El 21 de septiembre de 1870 tuvo comienzo una nueva fase en la vida de Emanuele. Recibió un mensaje del anciano y competente duque Miguel Ángel Caetani,
quien le convidó a palacio para comunicarle que había sido encargado por el gobierno
italiano de formar una junta provisional de importantes ciudadanos para la administración de la ciudad. Por ello, Emanuele, con solo treinta y dos años, decidió dejar una
prometedora carrera militar para iniciar una política que se reveló aún más rica de satisfacciones. Hombre de acción, ya conspirador por sus sentimientos democráticos liberales, oficial del ejército italiano con una experiencia de diplomático, un matrimonio feliz
truncado dramáticamente, puso una piedra sobre el pasado e inició la búsqueda de nuevos estímulos, porque su naturaleza le empujaba hacia los retos más difíciles.
Para controlar el traslado de la ciudad a la administración italiana, el gobierno
decidió, en efecto, crear una junta provisional de gobierno para Roma, nombrando algunos eminentes ciudadanos, entre los cuales estuvo el príncipe Emanuele Ruspoli liberado de sus compromisos militares. La tarea principal de la junta fue la de asegurar el orden público y de convocar después un plebiscito popular para la adhesión de la ciudad
al reino de Italia. No se perdió tiempo.
La bandera italiana ondeó en el palacio del Quirinal el 20 de septiembre. La junta tomó posesión el 24 del mismo mes y dos días después, se enfrentaba con el espinoso problema de la enajenación de los bienes muebles e inmuebles pertenecientes a entes
eclesiásticos. El 2 de octubre, por fin, se celebró el espléndido plebiscito que hizo latir
de alegría cada corazón italiano, ya que casi todos los votos fueron a favor de la anexión. ¡Los votos negativos fueron menos de un uno por mil! Este éxito extraordinario
fue la prueba que los tiempos ya eran maduros para el ocaso del poder temporal de los
pontífices. El 8 de octubre, la junta promulgó su último decreto y acabó su mandato
para ser sustituida por un comisario de gobierno. En solo doce días la junta desarrolló
una labor extraordinaria, aunque Emanuele, más impulsivo que analítico, lamentaba
que no se hubieran tomado todas las medidas que el patriotismo de sus miembros le
había inspirado.
Para los que habían formado parte de la junta, fue el primera experiencia de gobierno de la ciudad en el momento históricamente más delicado, es decir que cuando el
Vaticano se consideraba expropiado del poder temporal por el arrogante gobierno italiano, mientras que era necesario apaciguar los ánimos, imponiendo discretamente el
nuevo curso.
