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luego de peonajes femeninos que parecían odaliscas veladas, con un fondo de jardines
llenos de flores y de fuentes. «El Oriente no se junta tan fácilmente al Occidente, pues la
fantasía aún forma parte de sus vidas », pensó Emanuele. En el castillo había otros invitados, dos parejas que Emanuele había conocido en Bucarest. Catherine hacía los honores de casa, habiendo dejado el marido y sus dos hijas en su residencia de la ciudad. Ella
deseaba, de vez en cuando, separarse de la familia, yendo a su castillo cerca de los montes, para templar su cuerpo y su espíritu. Pero esta vez tenía en su mente un proyecto
muy claro, porque estaba locamente atraída por Emanuele. En cuanto a él, no era el tipo
para tiernas languideces: el amor por una mujer, por muy intenso que fuera, en el pasado nunca le había distraído de su independencia y de sus proyectos como patriota y
combatiente. También en aquel momento tenía sus programas, anhelando un futuro político en una Italia unificada.
Después de la anexión del reino borbónico de las Dos Sicilias, solo faltaban a la
unión de Italia una parte del Véneto y el Lacio, que, junto con Umbría era lo que quedaba de los estados de la Iglesia. Emanuele no veía el momento de reanudar su lucha hasta
la victoria final. En el castillo reinaba una atmósfera de cuento. La noche tarde, después
que los otros huéspedes se retiraran, Catherine y Emanuele quedaron solos ante las vivas llamas de la chimenea.
Él sintió surgir dentro un sentimiento nunca probado antes por aquella extraordinaria criatura. ¿Acaso se trataba del ambiente exótico? No supo decirlo, solo se enteró
se ahogaba en un mar de placer y que nada le importaba más. Así que se relajó y pronto
alcanzó una satisfacción de los sentidos nunca experimentada antes. Desde aquel día
Catherine se convirtió no solo en su amante, sino también en su amiga y compañera:
tenía el don de saber cómo volver completa la existencia de un hombre, pues sabía crear
una perfecta armonía.
Ella se ofreció a Emanuele en alma y cuerpo y decidió en aquellos días dejar a la
familia para empezar una nueva vida a lado de su príncipe romano. Arrollados por la
pasión, ambos actuaron impulsivamente. Indiferente al escándalo, la primera dama de
Bucarest dejó a su marido, sus pequeñas hijas y su país para seguir a Emanuele, que a su
regreso en Italia reanudó la vida militar y fue enviado al frente. Catherine fue siempre
una perfecta compañera y siguió a su hombre hasta en las campañas de guerra, de
acuerdo con una tradición oral de la familia, se cortó su largo pelo negro y se vistió de
ordenanza para estarle cerca bajo la tienda. Vivieron pues durante muchos meses como
José y Anita Garibaldi. Pero todo ello afortunadamente terminó, ya que en 1864 el marido de Catherine falleció.
Ella entonces se convirtió a la fe católica y en junio de aquel año se casó con
Emanuele. Durante su breve vida conyugal dio a luz a Constantino en 1865, Eugenio en
1866, Mario en 1867, Catarina en 1868 y Margarita en 1870. Y murió de fiebres puerperales después del último parto en febrero de 1870.
Esta infeliz mujer había agotado su vida en pocos años, sacrificando todo para su
gran amor. Una mujer verdadera, con toda aquella ternura, sensualidad, volubilidad,
calor y terco amor que formaron parte de ella. Para Emanuele fue un ser único y quedo
desconsolado al recordar su breve y tormentosa existencia. Pero, respetuoso de la disciplina militar, siguió con su vida de oficial del ejército piamontés y formó parte brillantemente de la división Médicis en la guerra del 1866 y todavía seguía luchando a la
muerte de Catherine.
Después del matrimonio, Emanuele no había podido ofrecerle la ciudad de Roma y un digno puesto en aquella sociedad. Solo Dios sabía cuánto habría deseado hacerla conocer en su ambiente, pero era un exiliado político y había tenido que establecer la
residencia de la familia en Senigallia a la orilla del mar Adriático, donde poseía un pala-