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Pero Emanuele no tardó en comprender la situación y darse cuenta de la dificultad de su misión. Mientras, no obstante, tenía que aparentar como un rico turista, así que
él, hermoso y atrevido, se convirtió en el soltero más cotizado de Bucarest. No se puede
afirmar que fuera insensible a los contactos femeninos, pero, aún en el caso de que coqueteara, siempre estuvo precavido de no involucrarse. Así pasaron los dos meses y el
príncipe Cuza-Voda regresó a Bucarest. Emanuele logró la audiencia y tuvo al fin un
encuentro privado con el príncipe.
El soberano leyó con atención la carta del rey Víctor Emmanuel II, mostrándose
en seguida muy cordial y a disposición del huésped italiano. Con la premiosa que hubiera podido dedicarle solo una media hora, el encuentro se prolongó con una conversación
franca como la reservada para los amigos.
El rey le expresó: «Rumania, habiendo conseguido su independencia, atraviesa
momentos dramáticos. Necesito un largo periodo de paz para construir el Estado. Como
nación, nos falta de todo. Nuestro tesoro está tristemente vacío. Somos un país agrícola
con amplias posibilidades productivas, pues el trigo y la fruta podrían alimentar una
importante exportación, pero hoy esto es imposible, porque antes tenemos que conquistar los mercados internacionales. ¿Se da cuenta, príncipe Ruspoli, que la cosecha de
manzanas se utiliza en parte para alimentar cerdos y en parte se deja pudrir en los árboles, porque lo necesario para consumo interno solo necesita una parte mínima? No, no
necesitamos ayudas militares. Necesitamos de la confianza de los grandes países europeos que nos ayuden con inversiones técnicas y financieras, a construir carreteras y ferrocarriles, una red de comunicación telegráfica y por último contribuyan a la creación
de astilleros en Constanza, tan pronto como hayamos conseguido la anexión de la Dobrugia. Rumania, príncipe Ruspoli, es mi apuesta con el destino. Más yo no aflojo en mi
empeño: algún día esta será una gran nación.»
«Alteza» contestó Emanuele « he entendido bien el mensaje y por lo que está en
mis posibilidades, no dejaré de trasmitirlo a nivel político. Pero no sé qué ayuda puede
ofreceros mi patria, que está combatiendo duramente para unificar la península y crear a
Italia. Yo mismo, después de esta vacación en vuestro entrañable país, ¡tengo que regresar al ejército para cumplir hasta el final con mi deber!»
Su misión no había obtenido el efecto esperado, pero Emanuele no tenía nada
que reprocharse. Así que, al regresar al hotel, empezó a escribir tarjetas de agradecimiento y despido a las decenas de personas de la mejor sociedad local que había frecuentado durante su estancia en Rumania, cuando recibió una invitación inesperada de
la princesa Catherine Conaki-Vogoridès para una breve estancia en su castillo de Sinaia
en las laderas meridionales de los montes Carpatos.
De origen griega, con pelo y ojos muy negros, con una piel de marfil, con un
cuerpo espléndido de porte real, Emanuele se había fijado en Catherine desde su primer
encuentro. Se habían visto varias veces durante las recepciones y habían hablado largamente: ella quiso saber todo de la vida de Emanuele, y él, tal vez con un poco de vanidad, siendo además un buen conversador, no se había hecho de rogar para relatar algunos episodios. Pero se sabe, ¡tenía solo veinticinco años y un pasado tan azaroso! « ¿Por
qué no prolongo mi estancia de una semana o dos? » pensó, sabiendo que no se perdería
la invitación ni por todo el oro del mundo. Y así, con un ligero equipaje, se presentó en
el castillo de Sinaia. Construido al final del siglo XVIII, era un término medio entre una
residencia de campo y un castillo, inmerso en una selva enorme de alerces y abetos.
La decoración interior delataba el origen de la familia Conaki proveniente de la
Anatolia: había frescos de personajes masculinos con turbantes, con pantalones blancos
abultados, con babuchas de punta curvada con pompones de varios colores, con barba y
bigotes enormes que les hacían parecer a personajes salidos de “Las mil y una noche” y
