Emanuele Ruspoli (1).pdf

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cio y donde se reunía con su mujer para encuentros amorosos rápidos y vertiginosos.
Cada año Catherine volvía a Bucarest para ver a sus hijas del primer matrimonio y para
cuidar de sus intereses patrimoniales, pero el resto del tiempo lo dedicaba enteramente a
los hijos de Emanuele, que crecían sanos y fuertes criándose en la finca de San Lorenzo
en Campo en la finca que llevaba el nombre de Poggio Suasa por una antigua ciudad de
época romana, cuyas ruinas todavía se podían advertir. Emanuele fue presente en el
nacimiento de su quinta hija Margarita, que causó una gran preocupación al médico que
la ayudaba. Fue un parto difícil y la madre agonizó entre los brazos de su adorado marido que la asistía con el corazón desgarrado por el dolor. Su Catherine había fallecido y
el sintió que nunca habría podido amar a alguna otra mujer con el mismo arrojo. Los
tres hijos varones tenían respectivamente cinco, cuatro y tres años, Catarina de un año y
medio y Margarita de solo dos semanas. ¡Cuántos angustiosos problemas para un joven
viudo!
Pero las dificultades de la vida habían ya formado aquel carácter fuerte, que muchos lastimaron, de hombre poco flexible y de excesiva dureza. Y en aquel momento
fue justamente su carácter que le ayudó, estando solo con cinco hijos para componer
antes de volver a su regimiento al término de su licencia. ¿Acaso trasladar los hijos a
Roma? Imposible pensar en esta solución, en Senigallia había personal de servicio, elegido cuidadosamente por Catherine, la niñera para la recién nacida y un excelente superintendente para el control de la casa. Entonces pidió a su madre de reunirse con ellos y
ella aceptó con cariño porque se trataba de una breve estancia en el Adriático ya que la
anexión de Roma era, según decían, inminente.
Emanuele regresó entonces a su batallón, con la seguridad de haber resuelto sus
problemas domésticos lo mejor posible, justo a tiempo para participar a la marcha victoriosa del ejército piamontés para la conquista de la Ciudad Eterna. Napoleón III había
retirado de Italia las tropas francesas, que habían flanqueado los piamonteses en las victorias de Solferino y de Magenta, porque Francia estaba duramente comprometida con
el flanco alemán. Pero, aunque este flanco no hubiera existido, tal vez hubiera intentado
detener un ataque al poder temporal de los pontífices. No obstante no pensó así Víctor
Emmanuel II, que quiso completar cuanto antes la unificación de la península. En efecto, superada una endeble resistencia del ejército pontificio, la armada piamontesa tuvo
vía libre y se presentó delante de los muros de Roma. Dado que los defensores de la
ciudad rehusaron abrir sus puertas, el comando piamontés decidió abrir una brecha a
cañonazos.
El 20 de septiembre de 1870, elegido un lugar a unos cien metros de la Puerta
Pía, insigne monumento arquitectónico creado por la fantasía de Miguel Ángel y que de
ninguna manera podía ser dañado, fue puesta en posición una batería de obuses, que con
poco cañonazos abrió la histórica brecha. No hubo esparcimiento de sangre. Las tropas
pontificias se rindieron y las piamontesas entraron y ocuparon la ciudad hasta la orilla
izquierda del Tíber, mientras que los soldados aún fieles al papa se refugiaron en la orilla opuesta manteniendo el control del Vaticano y del castillo del Santo Ángel, con la
autorización implícita del mando piamontés.
Junto con los primeros Bersaglieri, entró por aquella brecha también el mayor de
artillería Emanuele Ruspoli, con un nudo en la garganta por la emoción. Volvía en efecto a su ciudad once años después de haber huido de ella como perseguido político. Reveía calles y plazas queridas para su memoria, en medio a un jolgorio de muchedumbre,
que le apretaban por todas partes para un abrazo afectuoso y pensó: «He aquí mi ciudad,
tengo que dedicar mis energías para renovar esta ciudad que está por convertirse en capital de la joven nación italiana.» Todavía no tenía ganas de encontrarse con su primo el
jefe de la familia y Gran Maestre del Sacro Hospicio Apostólico, aunque deseaba volver
