Emanuele Ruspoli (1).pdf

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Emanuele empezó a estar convencido que en el futuro sería llamado para administrar su ciudad. Se puede afirmar que ningún afecto o atadura familiar le hubiera distraído de los objetivos políticos que anhelaba y que logró conseguir rápidamente y con
la máxima determinación. Durante el mismo mes de octubre de 1870, una comisión
romana se trasladó a Florencia para entregar al rey los resultados del plebiscito para la
anexión de Roma a Italia.
Dicha comisión estaba presidida por Miguel Ángel Caetano, duque de Sermoneta y compuesta por los príncipes Honorio Caetani y Emanuele Ruspoli, ambos jóvenes y
gallardos. Cuando a continuación en palacio Pitti se hizo entrega formal de los resultados del plebiscito romano a Su Majestad, la muchedumbre que abarrotaba la plaza pidió
a viva voz que se asomara la comisión.
El venerando Miguel Ángel Caetano rogó entonces a Emanuele, cuya voz era
más estentórea que la suya, de saludar con unas palabras a la gente en la plaza. El discurso de Emanuele fue felizmente improvisado y suscitó varias veces aplausos ardientes. Con un estilo imaginativo y palabras vibrantes, el orador resumió los recientes
acontecimientos de la historia de Italia, que habían obligado a la toma de Roma. Luego,
cada vez más apasionado y acalorado por su fogosidad, remontó atrás en el tiempo, demostrando cuantos obstáculos a la libertad de palabra habían interpuesto el poder temporal de la Iglesia, y esbozó las figuras de Savonarola, Arnaldo de Brescia y de otros
mártires, que habían sufrido la muerte en la hoguera o en el patíbulo por su inagotable
sed de libertad y amor de patria.
Por primera vez en su vida Emanuele se arriesgaba con un discurso político y
superó la prueba con la desenvoltura de un veterano. Sintió por primera vez vibrar el
auditorio y probó un escalofrío de placer, en cuando se dio cuenta que los que le escuchaban estaban de su parte. Otro valor había nacido en él, el de una oratoria eficaz y
cautivadora. Esta arma política la explotó con éxito cuando, tres años más tarde, fue
elegido diputado de la XI legislatura en los distritos de Fabriano y de Foligno y reelegido en todas las siguientes hasta la XVII; alcalde de Roma unos años más tarde, cargo
que conservó hasta la muerte y por último senador del reino desde 1896.
Desde el final de los años ’70, doña Carolina, fue la abuela afectuosa y supo
criar los cinco nietos con la sabiduría y la inteligencia que todos le reconocían, aliviando Emanuele de todas las preocupaciones de tipo familiar. Así él pudo dedicarse plenamente a librar sus batallas en el parlamento. La primera fue la del delicado problema de
la supresión de las corporaciones religiosas de Roma, extendiendo la ley de derogación
ya vigente en el resto de Italia. La decisión era esperada ansiosamente no solo en Italia,
sino también por las potencias extranjeras, que deseaban que las aclaraciones con el
Vaticano llegaran cuanto antes. ¿Por qué tanta espera? Pues porque de dicha ley hubiera dependido la posición jurídica nada menos que del Vaticano. Las relaciones de la
Iglesia con el poder civil italiano eran muy dificultosas.
La ocupación de Roma frustraba las esperanzas del clero sobre el fracaso del
movimiento del resurgimiento, de tal manera que habrían probablemente deseado con
entusiasmo una intervención extranjera que activara un movimiento revolucionario.
Italia había resuelto con la fuerza el problema de Roma, había denunciado las convenciones internacionales y había hecho prevalecer el interés y el derecho nacional. Sobre
este tema de la supresión de las corporaciones religiosas el Parlamento mantenía una
postura dudosa. El honorable Ruspoli tenía las ideas muy claras al respecto, era un orador hábil, insistente y persuasivo. También por sus méritos, la ley fue extendida a la
ciudad de Roma. Como dijo el honorable Pisanelli, defensor de las mismas ideas: « ¡Por
la brecha de Porta Pía entran las leyes del reino de Italia! » En los debates parlamentarios Emanuele se mostraba intransigente y polémico. Un día que criticaba el gobierno
