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PERSPECTIVA
REGIONAL: EUROPA
Y ASIA CENTRAL
“Ahmed H.”, sirio residente en Chipre, fue
juzgado por cargos de terrorismo el 30 de
noviembre de 2016 en Budapest, capital de
Hungría. Estaba acusado de organizar
enfrentamientos entre la policía y personas
refugiadas tras el cierre repentino de la
frontera de Hungría con Serbia en
septiembre de 2015. Su procesamiento
reflejaba la equiparación que hacía el
gobierno de las personas solicitantes de asilo
musulmanas con amenazas terroristas. En
realidad, Ahmed H. se encontraba allí
simplemente porque estaba ayudando a su
anciano padre y su anciana madre, sirios
como él, a huir de su país arrasado por la
guerra. Admitió que había lanzado piedras a
la policía al verse atrapado en la reyerta, pero
sostuvo que la mayor parte del tiempo había
intentado calmar a la multitud, como
confirmaban múltiples testigos en sus
declaraciones. A pesar de ello fue declarado
culpable y se convirtió en símbolo trágico y
escalofriante de un continente que daba la
espalda a los derechos humanos.
En 2016, los mensajes y movimientos
populistas irrumpieron en el discurso
preponderante. Políticos de toda la región
sacaron provecho de un sentimiento
generalizado de marginación e inseguridad.
Los blancos de sus ataques eran muy
diversos: las élites políticas, la UE, la
inmigración, los medios de comunicación
liberales, los musulmanes, los extranjeros, la
globalización, la igualdad de género y la
amenaza constante del terrorismo. En
términos de poder, fue en países como
Polonia y Hungría donde consiguieron sus
mayores logros, pero más al oeste forzaron
también a los preocupados partidos
mayoritarios a expresarse en gran medida
como ellos y a abrir la puerta a muchas de
sus políticas. El resultado fue el
debilitamiento generalizado del Estado de
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derecho y la erosión de la protección de los
derechos humanos, sobre todo para las
personas refugiadas y para las sospechosas
de terrorismo, pero en definitiva para
cualquiera.
Más al este, líderes ya consolidados
afianzaron su férreo control del poder. En
Tayikistán, Azerbaiyán y Turkmenistán se
introdujeron reformas constitucionales que
ampliaban la duración del mandato
presidencial. En Rusia, el presidente Vladimir
Putin se mantuvo en la cresta de la
popularidad generada por las incursiones
rusas en Ucrania y la renaciente influencia
rusa en el ámbito internacional, mientras
dentro del país debilitaba la sociedad civil. En
toda la antigua Unión Soviética persistió la
represión selectiva y constante de la
disidencia y la oposición política.
Los episodios más turbulentos de la región
tuvieron lugar en Turquía, que se vio
sacudida por continuos enfrentamientos en
el sureste, sucesivos atentados con
explosivos y disparos y, en julio, un violento
intento de golpe de Estado. El retroceso del
gobierno en materia de derechos humanos
se aceleró drásticamente tras la intentona
golpista. Tras identificar como responsable a
Fethullah Gülen, antiguo aliado convertido en
feroz enemigo, las autoridades turcas
procedieron a aplastar con rapidez el extenso
movimiento que había creado. Se despidió
por decreto ejecutivo a unos 90.000
funcionarios y funcionarias públicos, en su
mayoría presuntos gulenistas. Al menos
40.000 personas fueron detenidas y
recluidas sin cargos en medio de denuncias
generalizadas de tortura y otros malos tratos.
Se cerraron cientos de medios de
comunicación y ONG y hubo detenciones de
periodistas, profesorado universitario y
miembros del Parlamento a medida que la
represión dejaba de estar circunscrita
únicamente a los organizadores del golpe de
Estado y se extendía a otras voces disidentes
y pro kurdas.
PERSONAS EN MOVIMIENTO
Tras la llegada por mar de algo más de un
millón de personas refugiadas y migrantes en
Informe 2016/17 Amnistía Internacional
