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en la primera cuadra de la avenida Colón. Puedo caminar por la avenida
cuando me bajo del colectivo. Y me siento bien. El movimiento de la gente me
reconforta. Empieza a ser de noche y el movimiento hace que esta parte de la
ciudad parezca una de las ciudades modernas. Me siento alguien. Puedo mirar
a la gente a los ojos para ver qué están escondiendo. Todos tienen algo. Estas
personas que caminan de un lado para el otro tienen complejos. Y yo soy
alguien importante caminando a algún lugar importante para hacer alguna cosa
importante. Querría enfrentar a alguno.
Me gusta cómo está iluminada la primera parte de la avenida Colón. En
las escaleras de Colón 80, mientras pasaba, se me acercó Gonzo y me dijo
qué hacía. Me tocó el hombro, justo cuando me estaba sintiendo alguien
importante. Bajó la mirada hasta la hebilla de mi cinturón y la subió hasta el
cuello de mi camisa moviendo la cabeza en forma negativa. Frunció un poco
las cejas, como tratando de descifrar un dilema complicado. Sacó su mano de
mi hombro y yo le miré los ojos. Todo el tiempo, nunca dejé de mirarle los ojos.
Incluso, estoy seguro, disimuladamente volvió a bajar la mirada hasta el piso y
la volvió a subir hasta el cuello de mi camisa pero no me dijo nada. Empezó a
entablar una comunicación azarosa y yo lo miré a los ojos todo el tiempo. Lo
miré todo el tiempo porque me gustaba verlo. Me gustaba verlo a Gonzo
básicamente por dos razones: porque tiene rasgos femeninos y eso me gusta
en cualquier tipo de persona. Y por la iluminación del lugar, la luz sepia que hay
en las escaleras de Colón 80, esa luz académica. Estas dos cosas, en el marco
de esta parte de la ciudad y de esta hora del día (está anocheciendo) hace que
no deje de mirarlo ni un momento. Podría verlo a Gonzo un poco más de cerca.
Ver cuál es su complejo. Pero cabe la posibilidad (de esto estoy seguro) de que
mirando a través de lo que esconde no encuentre nada más que un lugar
común y vacío. “Qué hacés así”, me preguntó mientras volvía a bajar la vista.
“Nada”, le contesté, “paseo”. “Está bien”, me dijo, “me parece bien. Hay que
salir a romper las bolas”. “Sí”, le contesté, “qué se yo, a romper las bolas o no;
hay que salir, de eso no cabe duda”. “Sí, sí”, me dijo él, “a eso me refiero, a que
hay que salir”. Y pasó gente. Y pasaron autos. Y pude ver atrás de Gonzo la
estación de servicio dándole luz a una esquina. Y pude ver a través de Gonzo,
a través de ese vacío transparente, las luces del kiosco que hay en la otra
esquina, en frente de la estación de servicios. Y pude ver a un costado de
Gonzo (sin dejar de mirarlo a él) el edificio viejo del colegio que hay en la otra
esquina. Y pude ver a través de ese vacío transparente y a través de las luces
del kiosco de la esquina el inmenso edificio de lo que alguna vez fue (y ahora
sigue siendo de manera indirecta) un Paseo de Compras. Y Gonzo volvió a
bajar la vista una vez más y a subirla hasta el cuello de mi camisa blanca y me
dijo: “¿una corbata?”. Entonces me acerqué hasta su cara para saludarlo y le
respondí: “siempre quise ser un funcionario del Estado”. Y seguí caminando
para las luces del kiosco que está en una de esas cuatro esquinas que estuve
mirando a través de Gonzo. Y doblé a la izquierda. Y llegó un colectivo. Y un
grupo de personas se subió antes que yo. Y esperé hasta lo último. Y me subí
al colectivo. Y pasé el molinete. Y miré a la gente que estaba sentada. Y me
quedé parado unos segundos en el lugar que sigue inmediatamente después
del molinete. Y pude ver a la gente viajando en colectivo. Y vi que era gente
mediocre. Y que algunas personas llevaban bolsas entre las piernas. Y que por
un momento todos me miraron, porque estaba parado en frente de todos. Y
entonces eso me causó una especie de gracia y de oculto placer. Porque era

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