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entonces abrió la pierna derecha y me subí en el caño de la bicicleta. “¿A
dónde vamos?”, le pregunté. “A la ferretería”, me dijo él, “vamos a comprar el
pegamento”. “Yo entro”, le dije. “Bueno”, me dijo él. “Una lata de Fortex”, le
pedí al de la ferretería. “Tres con veinte”, me dijo él. “Tome”, le dije yo.
“Gracias”, me dijo él. “De nada”, le dije yo. “Vamos a las vías”, me dijo el
coreano. “Vamos”. El coreano se sentó abajo de un árbol. El coreano sacó una
bolsa de nylon y abrió la lata que había comprado recién. El coreano con un
palo metió pegamento en la bolsa. El coreano me miró y se rió mientras ponía
el pegamento en la bolsa. El coreano tiene los dedos con mugre. El coreano
tiene manchas en el pantalón. El coreano tiene el pelo sucio y enredado. El
coreano usa Topper de lona. El coreano agarra la bolsa desde arriba con una
mano. El coreano mete la boca en el espacio que queda en su mano. El
coreano sopla e infla la bolsa. El coreano aspira y la bolsa se vacía adentro de
él. El coreano gesticula como si fuera un idiota. El coreano se queda un poco
así, como un idiota, y vuelve a hablar con palabras normales. El coreano me
mira y se ríe de nuevo. “AHORA YO”, le digo. Y entonces yo. Yo agarro la
bolsa que tiene el coreano. Yo me fijo y veo lo que tiene la bolsa. Yo puedo ver
una pasta verde adentro de la bolsa que me da el coreano. Yo cierro la bolsa
como lo hizo el coreano. Yo soplo como sopló el coreano. Yo aspiro como
aspiró el coreano. Yo me veo haciendo algo que dura cuatro segundos. Yo veo
esa misma acción repitiéndose una y otra vez. Yo escucho que esa Secuencia
tiene sonido. Yo escucho que ese sonido se divide en tres partes. Yo escucho
que ese sonido se repite en cada Secuencia como “quedó algo cerrado”. Yo
veo que la imagen se repite una y otra vez. Yo siento que lo que estoy
haciendo se repite una y otra vez. Yo siento que todo lo que estoy haciendo se
repite una y otra vez. Yo siento que el coreano me mira. Yo siento que puedo
hablar con el coreano que está al lado mío mirándome. Yo siento que el
coreano se está riendo. El coreano vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar.
Yo vuelvo a agarrar la bolsa y vuelvo a jalar. El coreano vuelve a agarrar la
bolsa y vuelve a jalar. Yo vuelvo a agarrar la bolsa y vuelvo a jalar. El coreano
vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar. Yo agarro la bolsa, la abro y veo que
la pasta que estaba verde ahora es transparente. Y es como si hubiese estado
viendo televisión tres días seguidos.
En las vías no pasa nadie. Creo que el coreano habló. Creo que dijo
“cuando las vías son tu paseo habitual”. Pero no tiene mucho sentido. Además
el coreano no diría algo así. Está ahí con la boca adentro de la bolsa, en otro
lado. Entonces me levanto y bajo hasta las vías (estábamos a la sombra de un
árbol, donde el terreno sube un poco y hay una pared alambrada que casi toca
la calle bien pavimentada que va a Sarmiento y que separa las vías del barrio
en donde se acumula una de las mayores cantidades de capital económico de
esta ciudad) y me pongo al sol y espero a que el coreano vuelva para no irme
sin decirle algo, para que entienda que me estoy yendo. Entonces el coreano
me mira desde abajo del árbol, pongo los ojos chinos por el sol y le digo “me
voy a la mierda”. Y el coreano se levanta y me dice “esperá que te llevo”. Y le
digo “no, no te hagás drama, seguí jalando”. Y el coreano me dice que soy un
puto. Y me voy caminando despacio por las vías, sintiendo las piedras en la
suela de mis Topper de lona. Camino abajo del sol y no sé bien por dónde
salgo y camino entre las casas vacías, por las calles vacías de la siesta. Voy
sintiendo el gusto en la garganta, como infectado, y los ojos afiebrados. Más
que nada, después de haber estado ahí en las vías es el gusto en la garganta

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