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gente mediocre y yo estaba parado ahí, sintiendo el nudo en el cuello de mi
camisa blanca. Y moví el cuello para un lado y para el otro y fui hasta el fondo
donde había un asiento vacío.
Dentro de las posibilidades que tengo hoy (me miro detenidamente en el
espejo, acabo de despertarme, es de día, el baño es blanco y está iluminado
por la luz del sol) la más cabal, la que más lógica parece tener y a la vez más
fuerza, es la de reventarme la cabeza mirando televisión. Mirar televisión hasta
que no pueda soportar un sonido, una imagen en movimiento, un corte
publicitario. Mirar televisión todo el día. No moverme de mi casa. No salir a dar
vueltas como un loco. No es lo mismo ser un loco que un idiota. No me da
miedo convertirme en loco pero me asusta mucho la idea de volverme un
estúpido, o algo así, convertirme en lo más bajo de la escala de la vida social.
Reventarme la cabeza mirando televisión corresponde más al intento de vivir
una vida tranquila que a cualquier otra cosa. Y eso, para mí, es algo muy sano.
Pero cada intento (léase cada viaje en colectivo, cada impulso de movimiento
incluso adentro de mi casa) tiene diferencias a veces nimias y a veces rotundas
que si me las pusiera a analizar seguramente entendería todo de una manera
más clara y real. No es lo mismo reventarse la cabeza con horas excesivas de
televisión que salir a buscar el lado oscuro de la gente. Puedo verme la cara en
el espejo. Puedo ver la barba en la cara en el espejo. Puedo ver la luz en la
barba en la cara en el espejo. No me pienso afeitar. No me pienso bañar. No
me pienso cambiar. Me gusta la idea de abandonarme por un tiempo, de
sentirme sucio. De quedarme tirado reventándome la cabeza con horas
excesivas de televisión cuando afuera el día es hermoso y hay sol y no hace
frío. No me voy a cambiar las Topper de lona desatadas que tengo puestas
para venir al baño. No me voy a bañar. No me voy a quedar reventándome la
cabeza con horas excesivas de televisión. Voy a salir de nuevo. Tengo que
salir de nuevo. Tengo que salir así como estoy vestido. Tengo que aprovechar
el día. Tengo que salir urgentemente de mi casa.
La 502 me deja en Florencio Sánchez. En Florencio Sánchez sé que
puedo encontrar al coreano. En Florencio Sánchez encuentro al coreano. El
coreano es mucho más chico que yo. En Florencio Sánchez a la hora de la
siesta esta ciudad parece un pueblo vacío, pero con algunas calles más sucias
que las que hay en un pueblo. En Florencio Sánchez a las tres de la tarde
encontré lo que estaba buscando. A las tres de la tarde en la calle Florencio
Sánchez estaba buscando al coreano. Y en Florencio Sánchez antes de llegar
a Salta el coreano estaba andando en bicicleta. Y entonces a esa hora y en ese
lugar pude saludar al coreano. “Estoy drogado”, me dijo el coreano. “Sos un
pelotudo”, le contesté yo. “Ya fue”, me dijo. “Sos un idiota”, le dije y lo ataqué
con un extenso discurso moral. “¿Estás yendo a la escuela?”, le pregunté
después de terminar ese discurso. “No”, me contestó el coreano. “¿Por qué?”,
le pregunté yo. “Porque me aburro”, me contestó él. “Sos un tarado”, le dije yo.
“Tenés que ir a la escuela y no drogarte más”. “Sí, ya sé”, me dijo, “siempre es
lo mismo”. “¿Ahora qué haces?”, le pregunté. “Voy a jalar pegamento”, me dijo
él. “Sos un boludo”, le contesté yo. “Jalar pegamento es de villero; si te querés
drogar drogate bien, boludo”. “Ya fue”, me contestó él. “Jalar es de villero”, le
volví a decir. Y él me dijo que se iba a las vías. Y yo le dije que no se fuera, que
me llevara en el caño de la bicicleta. Y él me dijo que se iba a jalar pegamento.
Y yo le dije que quería ir con él, que lo acompañaba a jalar pegamento. Y

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