Marqués de Sade Justine.pdf


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––Me temo lo peor ––añadió la pobre muchacha––; el comportamiento de mi
padre conmigo desde hace un tiempo, sus discursos, lo que ha precedido al
examen de Rambeau, todo, Thérèse, demuestra que esos monstruos quieren
utilizarme para algunas de sus experiencias, y terminarán con tu pobre Rosalie.
Tras de las lágrimas que corrieron abundantemente por mis ojos, pregunté a la
pobre muchacha si sabía dónde guardaban la llave de la bodega: lo ignoraba,
pero no creía, sin embargo, que tuvieran la costumbre de llevársela. La busqué
por todas partes; fue inútil; y llegó la hora de reaparecer sin que yo pudiera dar a
la querida niña más ayuda que unos consuelos, algunas esperanzas, y lágrimas.
Me hizo jurar que volvería al día siguiente; se lo prometí, asegurándole incluso
que si, por aquel entonces, no había descubierto nada satisfactorio en lo que la
concernía, abandonaría inmediatamente la casa, presentaría una denuncia, y la
sustraería, al precio que fuera, a la suerte horrible que la amenazaba.
Subo; Rombeau cenaba aquella noche con Rodin. Decidida a todo para
esclarecer la suerte de mi ama, me oculto cerca de la habitación donde se
hallaban los dos amigos, y su conversación basta para convencerme del
proyecto horrible que les ocupa a ambos.
––Jamás ––dijo Rodin–– la anatomía llegará a su último grado de perfección
sin que se realice el examen de los vasos de una niña de catorce o quince años,
expirada de una muerte cruel. Sólo de esta contracción podemos obtener un
análisis completo de una parte tan interesante.
––Ocurre lo mismo ––prosiguió Rombeau–– con la membrana que asegura la
virginidad; es absolutamente necesaria una muchacha para este examen. ¿Qué
se observa en la edad de la pubertad? Nada; las menstruaciones desgarran el
himen, y todas las investigaciones son inexactas. Tu hija es exactamente lo que
necesitamos; aunque tenga quince años, todavía no ha tenido las primeras
reglas; el modo en que hemos gozado de ella no acarrea ningún daño a esta
membrana, y la trataremos con toda comodidad. Me encanta que al fin te hayas
decidido.
––Así es ––replicó Rodin––; es odioso que unas fútiles consideraciones
detengan el progreso de las ciencias. ¿Se dejaron los grandes hombres cautivar