Marqués de Sade Justine.pdf


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Desde la mañana siguiente, hallándome sola en casa, recorro cuidadosamente
todos los rincones; creo escuchar unos gemidos en el fondo de una bodega muy
oscura... Me acerco, una pila de madera parece ocultar una puerta estrecha y
hundida; avanzo apartando todos los obstáculos... se oyen nuevos sonidos; creo
descubrir la voz... Pongo mayor atención... ya no dudo.
––¡Thérèse! ––escucho finalmente––, oh, Thérèse, ¿eres tú?
––Sí, mi querida y tierna amiga... ––exclamo, reconociendo la voz de Rosalie–
–, sí, soy Thérèse que el cielo envía a ayudarte...
Y mis múltiples preguntas apenas dejan a la cautivadora joven el tiempo de
contestarme. Me entero finalmente de que unas horas antes de su desaparición,
Rombeau, el amigo, el colega de Rodin, la había examinado desnuda, y que
había recibido de su padre la orden de prestarse, con ese Rambeau, a los
mismos horrores que Rodin exigía cada día de ella; que se había resistido, pero
que Rodin, furioso, la había agarrado y presentado él mismo a los desbordados
ataques de su colega; que, después, los dos amigos habían hablado largo rato
en voz baja, dejándola siempre desnuda, y apareciendo a intervalos a
examinarla de nuevo, a disfrutarla siempre de la misma manera criminal, o maltratarla de cien maneras diferentes; que definitivamente, después de cuatro o
cinco horas de esta sesión, Rodin le había dicho que la enviaría al campo a casa
de una de sus parientas; pero que era preciso irse inmediatamente y sin hablar
con Thérèse, por unas razones que le explicaría al día siguiente en ese lugar,
donde no tardaría en acompañarla. Había dado a entender a Rosalie que se
trataba de una boda para ella, y que por esa razón su amigo Rambeau la había
examinado, a fin de ver si estaba capacitada para ser madre. Rosalie había
partido efectivamente acompañada de una anciana; había cruzado la aldea y se
había despedido de pasada de varios conocidos; pero al echarse la noche, su
guía la había devuelto a la casa de su padre donde había entrado a
medianoche. Rodin, que la esperaba, la había agarrado, le había tapado la boca
con la mano y, sin decir palabra, la había enterrado en esta bodega; allí, por otra
parte, la habían alimentado y tratado bastante bien.