Marqués de Sade Justine.pdf

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Ser supremo que los que inspira la gratitud. ¿No es un favor habernos hecho
disfrutar de las bellezas de este universo, y no le debemos alguna gratitud por tal
beneficio? Pero una razón aún más poderosa establece y verifica la cadena
universal de nuestros deberes; ¿por qué nos negaríamos a cumplir los que exige
su ley, si son los mismos que consolidan nuestra dicha con los hombres? ¿No
es dulce sentir que nos hacemos dignos del Ser supremo sólo con ejercer las
virtudes que deben realizar nuestro contento en la Tierra, y los medios que nos
hacen dignos de vivir con nuestros semejantes son los mismos que nos dan
después de esta vida la seguridad de renacer al lado del trono de Dios? ¡Ah,
Rosalie, cómo se ciegan los que quieren arrebatarnos esta esperanza!
Engañados, seducidos por sus miserables pasiones, prefieren negar las virtudes
eternas que abandonar lo que puede hacerles dignos de ellas. Prefieren decir:
«Nos engañan», que confesar que se engañan ellos mismos. La idea de las
pérdidas que deparan turbaría sus indignas voluptuosidades; ¿les parece menos
espantoso aniquilar la esperanza del cielo que privarse de lo que debe
ganársela? Pero cuando estas tiránicas pasiones se debilitan en ellos, cuando el
velo se desgarra, cuando ya nada contraste en su corazón corrompido aquella
voz imperiosa de Dios que su delirio desconocía, ¡cómo debe ser, oh, Rosalie, el
cruel retorno a ellos mismos! ¡Y cómo el remordimiento que lo acompaña debe
hacerles pagar caro el instante de error que los cegaba! Ese es el estado en el
que hay que juzgar al hombre para regular su propia conducta: no es ni en la
ebriedad, ni en el arrebato de una fiebre ardiente donde debemos creer lo que
dice, sino cuando su razón apaciguada, gozando de toda su energía, busca la
verdad, la adivina y la ve. Entonces deseamos por noso
tros mismos al Ser santo antes desconocido; le imploramos, nos consuela; le
rezamos, nos escucha. ¿Eh? ¿Por qué negaría entonces, por qué desconocería,
ese objeto tan necesario para la felicidad? ¿Por qué preferiría decir con el
hombre extraviado: «No hay Dios», cuando el corazón del hombre razonable me
ofrece, en cualquier instante, las pruebas de la existencia de ese Ser divino?
¿No es mejor, pues, soñar con los locos que pensar justamente con los
cuerdos? Todo se desprende, en cualquier caso, de este primer principio: en
