Marqués de Sade Justine.pdf

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por lo que arriesgo está compensado por el placer de lo que hago arriesgar a los
demás; con lo que ya tenemos la igualdad restablecida, a partir de entonces
todo el mundo es más o menos igualmente feliz: cosa que no ocurre, y no podría
ocurrir, en una sociedad en la que unos son buenos y los otros malos, porque
esta mezcla crea trampas perpetuas que no existen en el otro caso. En la
sociedad mezclada, todos los intereses son diversos: ahí está la fuente de una
infinidad de desdichas. En la otra asociación, todos los intereses son iguales,
cada individuo que la compone está dotado de los mismos gustos, de las
mismas inclinaciones, todos caminan hacia el mismo objetivo, todos son
dichosos. Pero, os dicen los necios, «el mal no nos hace felices». No, cuando se
ha convenido ensalzar el bien; pero despreciad, envileced lo que llamáis el bien,
y sólo reverenciaréis lo que cometíais la necedad de llamar el mal. Todos los
hombres sentirán placer en cometerlo, no porque esté permitido (eso sería a
veces una razón para disminuir su atractivo), sino porque las leyes ya no lo
castigarán, y disminuyen, por el temor que inspiran, el placer con que la
naturaleza ha dotado al crimen.
»Imagino una sociedad en la que se convenga que el incesto (supongamos
este delito entre otros muchos), que el incesto, digo, sea un crimen: los que se
entre guen a él serán desdichados, porque la opinión, las leyes, el culto, todo
acudirá a condenar sus placeres; y los que deseen cometer este mal, y no se
atrevan por culpa de esos frenos, serán igualmente desdichados. Así que la ley
que proscriba el incesto, sólo habrá ocasionado infortunados. Que en la
sociedad vecina el incesto no sea en absoluto un crimen, los que no lo deseen
no serán desdichados, y los que lo deseen serán dichosos. Así que la sociedad
que haya permitido esta acción será más conveniente para los hombres que la
que la haya convertido en crimen. Ocurre lo mismo con todas las restantes
acciones torpemente consideradas como criminales: observándolas bajo este
punto de vista, creáis una multitud de desdichados; permitiéndolas, nadie se
queja; pues el que ama una acción determinada se entrega a ella en paz, y
aquel a quien no le interesa, o permanece en una especie de indiferencia que no
es nada dolorosa, o se compensa de la lesión que ha podido recibir por la
