Marqués de Sade Justine.pdf

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––Thérèse ––me dijo Rodin al cabo de unos días––, voy a colocarte al lado de
mi hija. Así, no tendrás que mezclarte con mis otras dos doncellas, y te doy trescientas libras de sueldo.
Una colocación semejante era una especie de fortuna en mi situación.
Inflamada por el deseo de devolver a Rosalie al bien, y tal vez a su mismo
padre, si adquiría algún poder sobre él, no me arrepentí en absoluto de lo que
acababa de hacer... Después de hacerme vestir, Rodin me llevó al instante ante
su hija, anunciándole que me entregaba a ella. Rosalie me recibió con exaltadas
muestras de júbilo, y me instalé inmediatamente.
No pasaron ocho días sin que comenzara a trabajar en las conversiones que
deseaba, pero el empecinamiento de Rodin rompía todas mis medidas.
––No creas ––contestaba a mis sabios consejos–– que la especie de
homenaje que he rendido a la virtud en tu persona sea una prueba de que la
aprecio, ni de que la prefiero al vicio. Si así lo supusieras, Thérèse, te equivocarías. Aquellos que, a partir de lo que he hecho contigo, sostuvieran por esa
actitud la importancia o la necesidad de la virtud, caerían en un gran error, y me
molestaría mucho que tú creyeras que esta es mi manera de pensar. La caseta
que me sirve de amparo en la caza cuando los rayos ardientes del sol se clavan
a plomo en mi persona, no es ciertamente un monumento útil, su necesidad sólo
es circunstancial. Yo me expongo a una especie de peligro, encuentro algo que
me proteje de él, lo utilizo, pero ¿es por ello menos inútil?, ¿puede ser menos
despreciable? En una sociedad totalmente viciosa, la virtud no serviría de nada.
Como las nuestras no son así, es absolutamente preciso burlarla, o utilizarla, a
fin de tener menos que temer de los que la siguen. Si nadie la adoptara, se
volvería inútil. Así que no me equivoco cuando sostengo que su necesidad sólo
depende de la opinión o de las circunstancias. La virtud no es una cosa de un
valor incontestable, sólo es una manera de comportarse, que varía según los
climas y que, por consiguiente, no tiene nada de real: eso basta para entender
su futilidad. Sólo lo constante es realmente bueno; lo que cambia perpetuamente
no puede aspirar al carácter de bondad. He ahí por qué se ha puesto la
inmutabilidad en el rango de las perfecciones de lo Eterno. Pero la virtud está
