Marqués de Sade Justine.pdf

Vista previa de texto
suponía desho nesta por el solo hecho de que se hallaba en la miseria, Rodin,
digo, me mira con atención:
––Thérèse ––continúa al cabo de un instante––, es bastante inoportuno que te
hagas la vestal conmigo... Creo que tenía derecho a algunas complacencias por
tu parte. No importa, conserva tu dinero, pero no me abandones. Me satisface
mucho tener a una joven decente en mi casa, ¡las que me rodean lo son tan
poco!... Ya que si en este caso te muestras tan virtuosa, confío en que lo serás
también en todos. Mis intereses coincidirán, mi hija te quiere, acaba de
suplicarme hace sólo un momento que te pidiera que no nos abandonaras.
Quédate, pues, con nosotros, te invito a ello.
––Señor ––le contesté––, no sería feliz. Las dos mujeres que os sirven aspiran
a todos los sentimientos que vos queráis concederles. Me verían con celos, y
tarde o temprano me vería obligada a abandonaros. ––No te preocupes ––me
contestó Rodin––, no temas ninguno de los efectos de los celos de estas
mujeres. Yo sabré mantenerlas en su sitio guardando el tuyo, y sólo tú poseerás
mi confianza sin que ello te procure ningún riesgo. Pero para seguir siendo digna
de ella, es bueno que sepas que la primera cualidad que exijo de ti, Thérèse, es
una discreción a toda prueba. Aquí ocurren muchas cosas, muchas que
contrariarán tus principios virtuosos. Hay que verlo todo, hija mía, oírlo todo, y
jamás decir nada... Quédate conmigo, Thérèse. Quédate, hija mía. Recibiré con
alegría que no te marches. En medio de los muchos vicios a que me arrastran
un temperamento fogoso, una mente desenfrenada y un corazón muy inclinado
al vicio, tendré por lo menos el consuelo de contar con un ser virtuoso cerca de
mí, y en cuyo seno me arrojaré como a los pies de un dios, cuando esté ahíto de
mis excesos...
«¡Oh, cielos!», pensé en aquel momento, «así que la virtud es necesaria,
indispensable para el hombre, ¡ya que el propio vicioso se siente obligado a
tranquilizarse con ella, y utilizarla como amparo!» Recordando a continuación las
peticiones que me había hecho Rosalie de que no la abandonara, y creyendo
descubrir en Rodin algunos buenos principios, me comprometí decididamente a
seguir en su casa.
