Marqués de Sade Justine.pdf

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en la que castiga a los escolares es la misma en la que disfruta de nosotras; ya
ha terminado la clase, es la hora en que, excitado por los preliminares, vendrá a
desquitarse de la presión que le impone a veces su prudencia. Regresa al lugar
donde estabas, querida amiga, y tus ojos lo descubrirán todo.
Por escasa curiosidad que sintiera por esos nuevos horrores, era mejor para
mí, sin embargo, ocultarme en ese retrete que dejarme sorprender con Rosalie
durante las clases. Rodin infaliblemente habría concebido sospechas. Así que
me siento. Apenas he entrado, aparece Rodin con su hija. La conduce al lugar
donde ha estado antes, y acuden también las dos doncellas. Allí, el impúdico
Rodin, libre ya de medidas que guardar, se entrega a sus anchas y sin el menor
velo a todas las irregularidades de su desenfreno. Las dos campesinas,
completamente desnudas, son azotadas con todas las fuerzas. Mientras actúa
sobre una, la otra se lo devuelve, y, en el intervalo, abruma con las más sucias
caricias, las más desenfrenadas, las más asquerosas, el mismo altar que
Rosalie, subida a un sillón, le presenta un poco inclinada. Le llega finalmente el
turno a esa desdichada: Rodin la ata al poste como a sus escolares, y mientras
que una tras otra, y a veces las dos juntas, sus doncellas le desgarran a él, él
azota a su hija y la golpea desde la mitad de los riñones hasta el final de los
muslos, extasiándose de placer. Su agitación es extrema, aúlla, blasfema,
flagela; apenas sus varas se graban en algún lugar, sus labios se pegan a él. Y
el interior del altar, y la boca de la víctima... todo, excepto la parte delantera,
todo es devorado a chupetones. Pronto, sin variar de posición, limitándose a
situárselo más fácil, Rodin penetra en el asilo estrecho de los placeres; y el
mismo trono, durante ese tiempo, es ofrecido a sus besos por su gobernanta,
mientras la otra muchacha le azota con todas sus fuerzas. Rodin está en la
gloria, atraviesa, desgarra, mil besos a cual más cálido expresan su ardor sobre
lo que se ofrece a su lujuria: la bomba estalla, y el embriagado libertino se atreve
a saborear los más dulces placeres en el seno del incesto y de la infamia.
Tras esto se marchó a comer: después de tales hazañas, necesitaba
reponerse. Por la tarde continuaba tanto la clase como la corrección. De haberlo
deseado, podía contemplar las nuevas escenas, pero fueron suficientes para
