Marqués de Sade Justine.pdf


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––Vaya ––le dice el sátiro, al contemplar su éxito––, te veo en el estado que te
había prohibido... Apuesto a que con dos sacudidas mas me lo echarás todo
encima...
Harto seguro de las titilaciones que produce, el libertino se acerca para recoger
el homenaje, y su boca es el templo ofrecido al dulce incienso. Sus manos
provocan los chorros, los atrae, los devora, él mismo está a punto de estallar,
pero quiere llegar al final.
––¡Ah! Voy a castigarte por esta tontería ––dice levantándose.
Inmoviliza las dos manos del joven y se ofrece por entero el altar donde quiere
sacrificar su furor. Lo entreabre, sus besos lo recorren, su lengua se hunde y se
pierde en él. Rodin, ebrio de amor y de ferocidad, mezcla ambas expresiones y
sentimientos...
––¡Ah!, briboncillo ––exclama––, tengo que vengarme de la ilusión que me
procuras.
Enarbola las varas. Rodin fustiga; más excitado sin duda que con la vestal, sus
golpes se tornan mucho más fuertes y mucho más numerosos; el niño llora,
Rodin se extasía, pero nuevos placeres le reclaman, suelta al niño y vuela hacia
otros sacrificios. Una chiquilla de trece años sucede al muchacho, y a ésa otro
escolar, seguido de una muchacha. Rodin azota a nueve, cinco muchachos y
cuatro muchachas; el último es un chiquillo de catorce años, con una cara
deliciosa: Rodin quiere disfrutar de él, el escolar se defiende; extraviado por la
lujuria, lo azota, y el malvado, que ya está fuera de sí, lanza los chorros
espumosos de su llama sobre las partes maltratadas de su joven alumno, lo
moja de las caderas a los talones: nuestro corrector, furioso por no haber tenido
la fuerza suficiente para contenerse por lo menos hasta el final, suelta al niño de
mala gana, y lo devuelve a la clase asegurándole que no le pasará nada. Eso
fue lo que escuché y las escenas que me sorprendieron.
––¡Oh, cielos! ––le dije a Rosalie cuando las espantosas escenas terminaron–
–, ¿cómo puede entregarse a semejantes excesos? ¿Cómo puede deleitarse
con los tormentos que inflige?