Marqués de Sade Justine.pdf


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Y el cruel, dejando caer con un brazo vigoroso los haces a plomo sobre todas
las partes que se le ofrecen, comienza por asestar veinticinco vergajazos que no
tar dan en colorear de bermellón el tierno rosicler de esa piel tan fresca.
Julie grita... unos gritos tan agudos que desgarraban mi alma... las lágrimas
manan bajo su vendas y caen como perlas sobre sus hermosas mejillas. Rodin
aún se enfurece más... Lleva sus manos a las partes maltratadas, las toca, las
aprieta, parece prepararlas para nuevos asaltos. No tardan en seguir a los
primeros, Rodin comienza de nuevo, no asesta un solo golpe que no vaya
precedido de un insulto, de una amenaza o de un reproche... aparece la
sangre... Rodin se extasía; se deleita contemplando las pruebas palpables de su
ferocidad. Ya no puede contenerse, el estado más indecente manifiesta su
llama; ya no teme descubrirse del todo. Julie no puede verle... Por un instante se
acerca a la brecha, le gustaría encaramarse sobre ella como un vencedor, pero
no se atreve. Recomenzando nuevas tiranías, Rodin fustiga con toda su fuerza.
Acaba por entreabrir a fuerza de cintarazos el asilo de las gracias y de la
voluptuosidad... Está totalmente fuera de sí; su borrachera ha llegado al punto
de impedirle el uso de la razón: jura, blasfema, vocifera, nada escapa a sus bárbaros golpes, todo cuanto se ve es tratado con el mismo rigor; pero el malvado
consigue dominarse, percibe la imposibilidad de ir más lejos sin el peligro de
perder unas fuerzas que le son necesarias para nuevas operaciones.
––Vístete ––le dice a Julie, desatándola y vistiéndose también él––. Si vuelves
a repetirlo, piensa que no te escaparás con tan poco.
Devuelta Julie a su clase, Rodin va a la de los muchachos. Trae consigo
inmediatamente un joven escolar de quince años, hermoso como el día. Rodin lo
regaña; más cómodo con él sin duda, lo mima, lo besa mientras le sermonea:
––Mereces ser castigado ––le dice––, y lo serás...
Después de estas palabras, supera con el niño todos los límites del pudor.
Pero aquí todo le interesa, no se excluye nada, lo velos se alzan, todo se palpa
indistintamente. Rodin amenaza, acaricia, besa, insulta. Sus dedos impíos
intentan hacer nacer en el muchacho los sentimientos de voluptuosidad que
también le exige.