Marqués de Sade Justine.pdf

Vista previa de texto
––Aún no lo sabes todo ––me contesta Rosalie––; escucha ––me dice
regresando conmigo a su habitación––, lo qué has visto puede hacerte entender
que, cuando mi padre halla algunas facilidades en sus jóvenes alumnos, lleva
sus horrores mucho más lejos. Abusa de las jóvenes de la misma manera que
de los muchachos ––de aquella criminal manera, me dio a entender Rosalie, que
yo misma había pensado llegar a ser víctima con el jefe de los bandidos, en
cuyas manos había caído después de mi evasión de la Conciergerie, y con la
que había sido manchada por el negociante de Lyon––. Con ello ––prosiguió la
joven––, las jóvenes no quedan deshonradas, ningún embarazo a temer, y nada
les impide encontrar esposo; no hay año que no corrompa así a todos los
muchachos, y por lo menos a la mitad de las restantes criaturas. De las catorce
muchachas que has visto, ocho ya han sido marchitadas de esta manera, y ha
disfrutado de nueve muchachos; las dos mujeres que le sirven son sometidas a
los mismos horrores... Oh, Thérèse ––añadió Rosalie precipitándose a mis
brazos––, oh, querida amiga, yo también, también a mí me ha seducido desde
mi tierna infancia; apenas tenía once años cuando ya era su víctima... lo era, ¡ay
de mí!, sin poder defenderme...
––Pero, señorita ––le interrumpí, asustada...––, ¿y la religión? Os quedaba por
lo menos este camino... ¿No podíais consultar con un director y confesárselo
todo?
––¡Ah! ¿No sabes, pues, que a medida que nos pervierte, sofoca en nosotros
todas las semillas de la religión, y nos prohibe todas sus prácticas?... Y además,
¿qué podía hacer yo? Casi no me ha instruido. Lo poco que me ha contado
sobre esas materias sólo ha sido por el temor de que mi ignorancia traicionara
su impiedad. Pero jamás me he confesado, nunca he hecho mi primera
comunión; sabe ridiculizar tan bien todas estas cosas, absorber en nosotros
hasta las menores ideas, que aleja para siempre de sus deberes a las que ha
sobornado; o, si se ven obligadas a cumplirlos a causa de su familia, es con una
tibieza y una indiferencia tan totales que no teme nada de su indiscreción. Pero
convéncete,
Thérèse,
convéncete
con
tus
propios
ojos
––prosigue
empujándome rápidamente al retrete de donde salíamos–– ven, esa habitación
