Marqués de Sade Justine.pdf

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––¡Señor, le prometo que no!
––¡Cómo! Yo lo he visto, lo he visto. No te creas nada ––me dijo en este
momento Rosalie––, son faltas que él inventa para apoyar sus pretextos. Esta
pequeña es un ángel y, como se le resiste, la trata con dureza.
Y mientras tanto, Rodin, muy nervioso, coge las manos de la muchacha, las
sube hasta atarlas a la argolla de una columna colocada en el centro de la
cámara de castigo. Julie está indefensa... sólo... su hermosa cabeza
lánguidamente vuelta hacia su verdugo, los soberbios cabellos en desorden, y
unas lágrimas que inundan el más bello rostro del mundo... el más dulce... el
más interesante. Rodin contempla esta escena y se excita. Coloca una venda
sobre los ojos que le imploran. Julie ya no ve nada Rodin, más a sus anchas,
desprende los velos del pudor, la camisa arremangada bajo el corsé sube hasta
la mitad de las caderas... ¡Cuánta blancura, cuántas bellezas! Son rosas
deshojadas sobre lirios por las propias manos de las Gracias. ¿Quién será,
pues, tan duro como para condenar al tormento unos encantos tan frescos... tan
excitantes? ¿Qué monstruo puede buscar el placer en el seno de las lágrimas y
del dolor? Rodin la mira... su mirada extraviada le recorre de arriba abajo, sus
manos se atreven a profanar las flores que sus crueldades marchitarán.
Totalmente de frente, no puede escapársenos ningún gesto. A veces el libertino
entreabre y otras oculta los lindos encantos que le fascinan; nos los ofrece bajo
todas sus formas, pero sólo se limita a eso. Aunque el auténtico templo del amor
esté a su alcance, Rodin, fiel a su culto, no le dirige ni una sola mirada, teme
incluso su aparición. Si la actitud lo expone, él lo encubre. La más leve digresión
turbaría su homenaje, no quiere que nada lo distraiga... Al fin su furor supera los
límites, lo expresa primeramente con insultos, colma de amenazas y de frases
soeces a la pobrecita desdichada, temblorosa bajo los golpes con que se ve a
punto de ser desgarrada. Rodin ya está fuera de sí, coge un puñado de varas de
una cuba, donde adquieren, en el vinagre que las empapa, mayor humedad y
penetración...
Vamos ––dice acercándose a su víctima––, prepárate, hay que sufrir...
