Marqués de Sade Justine.pdf


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él cuando la había perdido. Los pupilos del señor Rodin eran poco numerosos,
pero escogidos; eran en total catorce muchachas y catorce muchachos. Jamás
los admitía con menos de doce años, y siempre eran despedidos a los dieciséis.
Nada tan lindo como los adolescentes que admitía Rodin. Si se le presentaba
alguno que tuviera algunos defectos corporales, o fuera feo, tenía el arte de
rechazarlo con veinte pretextos, siempre teñidos de sofismas a los que nadie
podía responder. Así, o el número de sus pensionistas no estaba completo, o lo
que había era siempre encantador. Los niños no comían en su casa, pero iban a
ella dos veces al día, de siete a once por la mañana y de cuatro a ocho por la
tarde. Si hasta entonces todavía no había visto todo este pequeño alboroto era
porque, llegada a casa de ese hombre durante las vacaciones, los escolares
estaban fuera; reaparecieron en el momento de mi convalecencia.
El propio Rodin se ocupaba de la enseñanza; su gobernanta se encargaba de
la de las muchachas, a la que él pasaba así que había terminado la instrucción
de los muchachos. Enseñaba a los jóvenes alumnos a escribir, aritmética, un
poco de historia, dibujo, música, y no utilizaba para todo eso otros maestros que
él.
Manifesté en primer lugar mi asombro a Rosalie de que, ejerciendo su padre la
función de cirujano, pudiera al mismo tiempo desempeñar la de maestro de
escue la. Le dije que me parecía extraño que, pudiendo vivir acomodadamente
sin practicar ninguna de las dos profesiones, se tomara el trabajo de
consagrarse a ellas. Rosalie, con la que ya me entendía muy bien, se rió de mi
reflexión; la manera como ella acogió lo que le decía me inspiró aún más
curiosidad, y le supliqué que se confiara enteramente conmigo.
––Escucha, Thérèse ––me dijo la encantadora muchacha con todo el candor
de su edad y toda la ingenuidad de su amable carácter––, escucha, te lo contaré
todo, veo que eres una joven honesta... incapaz de traicionar el secreto que voy
a confiarte. Muy probablemente, querida amiga, mi padre puede prescindir de
todo esto, y que ejerza los dos oficios que tú le ves hacer se explica por dos
motivos que voy a revelarte. Practica la cirugía por gusto, por el mero placer de
realizar en su arte nuevos descubrimientos. Ha hecho tantos, ha publicado sobre