Marqués de Sade Justine.pdf


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Rodin era un hombre de cuarenta años, moreno, de cejas espesas, mirada
viva, apariencia vigorosa y saludable, pero al mismo tiempo libertina. Muy por
encima de su estado, y poseyendo de diez a doce mil libras de rentas, Rodin
sólo ejercía el arte de la cirugía por gusto. Tenía una preciosa casa en Saint––
Marcel que sólo ocupaba, habiendo perdido a su mujer desde hacía unos años,
con dos jóvenes para servirle y su hija. Esta joven, llamada Rosalie, acababa de
cumplir catorce años; reunía todos los encantos más atractivos: un talle de ninfa,
una cara redonda, fresca, extraordinariamente animada, de rasgos amables y
pícaros, la más bonita boca posible, unos grandes ojos negros, llenos de
expresión y de sentimiento, unos cabellos castaños que caían hasta su cintura,
la piel de un resplandor... de una finura increíbles; además, los más bellos senos
del mundo; aparte de la inteligencia, vivacidad, y una de las almas más bellas
que haya podido crear la naturaleza. En cuanto a las compañeras con las que
debía servir en esta casa, eran dos campesinas, de las que una hacía de gobernanta y la otra de cocinera. La que desempeñaba el primer cometido podía tener
veinticinco

años,

la

otra

tenía

dieciocho

o

veinte,

y

ambas

eran

extraordinariamente bonitas; esta elección despertó mis sospechas sobre el
deseo que manifestó Rodin de conservarme. ¿Qué necesidad tiene de una
tercera doncella, me decía, y por qué las quiere bonitas? Seguramente,
continuaba, en todo eso hay algo poco conforme con las costumbres regulares
de las que no quiero apartarme jamás; examinémoslo.
Rogué, en consecuencia, al señor Rodin que me dejara seguir recuperándome
una semana más en su casa, asegurándole que antes del final de este período
le daría mi respuesta sobre lo que me quería proponer.
Aproveché este intervalo para relacionarme más estrechamente con Rosalie,
decidida a no establecerme en casa de su padre mientras hubiera algo en ella
que pudiera molestarme. Examinándolo todo con esta intención, descubrí al
siguiente día que aquel hombre tenía un arreglo que a partir de entonces me
inspiró furiosas sospechas sobre su conducta.
El señor Rodin tenía en su casa una pensión de niños de ambos sexos; había
obtenido ese privilegio en vida de su mujer y no creyeron que debían privarle de