Marqués de Sade Justine.pdf

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su vuelta los diferentes temas cuyo esclarecimiento le dejé ver que me resultaba
necesario. Le recomendé, por encima de todo, que ocultara el nombre del lugar
donde me hallaba, que no hablara de mí para nada, y que dijera que había
recibido la carta de un hombre que la traía de más allá de quince leguas.
Jeannette se fue, y, veinticuatro horas después, me trajo la respuesta. Todavía
existe, aquí está, señora, pero permitidme contaros, antes de leérosla, lo que
había ocurrido en casa del conde desde mi ausencia.
La marquesa de Bressac había caído gravemente enferma el mismo día de mi
desaparición del castillo, y murió dos días después en medio de unos dolores y
unas convulsiones espantosas. Acudieron los parientes, y el sobrino, que
parecía sumido en la mayor desolación, pretendió que su tía había sido
envenenada por una camarera que se había evadido aquel mismo día. La
estaban buscando, y tenían la intención de dar muerte a esa desdichada si la
encontraban. Por otra parte, gracias a esta sucesión, el conde acabó siendo
mucho más rico de lo que había creído. La caja fuerte, la cartera y las joyas de
la condesa, objetos todos ellos de los que no se tenía conocimiento, ponían a su
sobrino, al margen de las rentas, en posesión de mas de seiscientos mil francos.
En medio de su afectado dolor, al joven le costaba mucho esfuerzo, se decía,
ocultar su alegría, y los parientes, convocados para la exhumación del cuerpo
exigida por el conde, después de haber deplorado la suerte de la desdichada
marquesa, y jurado vengarla si la culpable caía en sus manos, lo dejaron en la
plena y tranquila posesión de su maldad. El propio señor de Bressac habló con
Jeannette y le formuló varias preguntas, pero como la joven había contestado
con tanta franqueza y firmeza, finalmente se decidió a darle su respuesta sin
acuciarla más.
––Aquí tenéis esta carta fatal ––dijo Thérèse entregándola a la señora de
Lorsange––, sí, ahí la tenéis, señora, a veces mi corazón sigue necesitándola, y
la conservaré hasta mi muerte. Si podéis, leedla sin estremeceros.
La señora de Lorsange, después de recoger la nota de manos de nuestra bella
aventurera, leyó en ella las palabras siguientes:
