Marqués de Sade Justine.pdf


Vista previa del archivo PDF marques-de-sade-justine.pdf


Página 1...76 77 787980289

Vista previa de texto


Como el vigor de mi edad y de mi temperamento me habían devuelto un poco
de fuerza al apuntar el día, demasiado asustada por la vecindad de aquel cruel
cas tillo, me alejé rápidamente de él. Abandoné el bosque y, decidida a ocupar,
al riesgo que fuera, la primera habitación que encontrara, entré en la aldea de
Saint-Marcel, a unas cinco leguas de París. Pregunté por la casa del cirujano y
me la indicaron. Le rogué que curara mis heridas y le conté que, al escapar por
una historia de amor de la casa de mi madre en París, había sido asaltada de
noche por unos bandidos en el bosque que, para vengarse de las resistencias
que había opuesto a sus deseos, me habían hecho tratar así por sus perros.
Rodin, así se llamaba aquel artista, me examinó con la mayor atención y no
descubrió nada peligroso en mis llagas. Me dijo que habría garantizado
devolverme en menos de quince días tan fresca como antes de mi aventura si
hubiera llegado a su casa en el mismo instante; pero la noche y la angustia
habían emponzoñado las heridas y tardaría un mes en restablecerme. Rodin me
alojó en su casa, me dio todos los cuidados posibles, y al día treinta ya no
quedaba en mi cuerpo ningún vestigio de las crueldades del señor de Bressac.
Tan pronto como el estado en que me hallaba me permitió tomar aire, mi
primera

preocupación

fue

intentar

encontrar

en

la

aldea

una

joven

suficientemente hábil e inteligente para ir al castillo de la marquesa para
informarme de todas las novedades ocurridas desde mi marcha. La curiosidad
no era el verdadero motivo que me impulsaba a este paso. Esta curiosidad,
probablemente peligrosa, habría estado con toda seguridad muy fuera de lugar;
pero todo lo que había ganado con la marquesa seguía en mi habitación, apenas
llevaba seis luises encima, y poseía más de cuarenta en el castillo. No me
imaginaba que el conde fuera tan cruel como para negarme lo que me
pertenecía tan legítimamente. Persuadida de que pasado el primer furor, no
querría cometer conmigo semejante injusticia, escribí una carta lo más
conmovedora posible. Le oculté cuidadosamente el lugar donde vivía, y le
supliqué que me enviara mis ropas junto con el escaso dinero que tenía en mi
habitación. Una campesina de veinticinco años, despierta e inteligente, se
encargó de mi carta, y me prometió informarse bajo mano para comunicarme a