Marqués de Sade Justine.pdf

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totalmente privada de esta característica: no existen dos pueblos en la superficie
del globo que sean virtuosos de la misma manera. Así que la virtud no tiene
nada de real, nada de intrínsecamente bueno, y no merece para nada nuestro
culto. Hay que utilizarla como un apoyo, adoptar astutamente la del país en que
se vive, a fin de que los que la practican por gusto, o deben reverenciarla por su
condición, nos dejen tranquilos, y a fin de que esta virtud, respetada donde vivís,
nos proteja, por su preponderancia como convención social de los atentados de
quienes profesan el vicio. Pero repito una vez más que todo eso es
circunstancial, y nada de ello asigna un mérito real a la virtud. Virtud que, por
otra parte, resulta imposible para determinados hombres. Ahora bien, ¿cómo me
convencerás de que una virtud que combate o que contraría las pasiones puede
hallarse en la naturaleza? Y si no está ahí, ¿cómo puede ser buena? Serán, sin
duda, los hombres movidos por los vicios opuestos a esas virtudes los
preferibles, ya que serán los únicos modos... las únicas maneras de ser que se
adecuarán mejor a su fisico o a sus órganos; existirán, pues, según esta
hipótesis, unos vicios muy útiles. No obstante, ¿cómo lo será la virtud si me
demuestras que pueden serlo sus contrarios? Te han argumentado en contra de
eso que la virtud es útil para los demás, y, en ese sentido, es buena; pues si se
da por supuesto que sólo se hace lo que es bueno para los demás, yo, a mi vez,
sólo recibiré de ellos el bien. Este razonamiento es un sofisma; a cambio del
poco bien que recibo de los demás, debido a que practican la virtud, con la
obligación de practicarla a mi vez me creo un millón de sacrificios que no
compensan en absoluto. De modo que, al recibir menos de lo que doy, hago un
mal negocio; sufro más de las privaciones que soporto por ser virtuoso que
bienes recibo de los que lo son; al no ser en absoluto equitativo el acuerdo, no
debo someterme a él, y convencido, siendo virtuoso, de no hacer a los demás
tanto bien como pesares recibiré obligándome a serlo, ¿no será mejor que
renuncie a procurarles una dicha que debe costarme tanto mal? Resta ahora el
daño que puedo hacer a los demás siendo vicioso, y el mal que a mi vez recibiré
si todo el mundo se me asemeja. Estoy de acuerdo en que al admitir una total
circulación de los vicios, corro seguramente un peligro; pero el pesar provocado
