Marqués de Sade Justine.pdf


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por tan despreciables cadenas? Y cuando Miguel Angel quiso pintar un Cristo al
natural, ¿se torturó la conciencia por crucificar a un joven, y copiarlo en sus
angustias? Pero cuando se trata de los progresos de nuestro arte, ¡de qué gran
necesidad deben ser estos mismos medios! ¡Y cómo puede haber el menor mal
en permitírselos! Un individuo sacrificado para salvar a un millón; ¿podemos
vacilar a este precio? El homicidio tratado por las leyes no tiene nada en común
con el que vamos a cometer, y acaso el objetivo de estas leyes, que se
consideran tan sabias, ¿no es el sacrificio de uno para salvar a mil?
––Es la única manera de instruirse ––dijo Rombeau––, y en los hospitales,
donde yo he trabajado toda mi juventud, he visto hacer mil experiencias
semejantes. A causa de los vínculos que te encadenan a esta criatura, confieso
que temía que te echaras atrás.
––¡Cómo! ¡,Porque es mi hija? ¡Menudo motivo! ––exclamó Rodin––. ¡,Qué
rango imaginas, pues, que este título debe tener en mi corazón? La contemplo
como un poco de semen fructificado con el mismo origen y más o menos el
mismo peso que aquel que me gusta perder en mis placeres. Jamás he hecho
más caso de uno que de otro. Somos dueños de recuperar lo que hemos dado;
jamás el derecho de disponer de sus hijos ha sido negado por ningún pueblo de
la Tierra. Los persas, los medas, los armenios, los griegos lo disfrutaban en toda
su amplitud. Las leyes de Licurgo, el modelo de los legisladores, no sólo dejaban
a los padres todos los derechos sobre sus hijos, sino que condenaban incluso a
muerte a aquellos que los padres no querían alimentar, o a los que estaban mal
conformados. Una gran parte de los salvajes matan a sus hijos al poco de nacer.
Casi todas las mujeres de Asia, de Africa y de América abortan sin que nadie las
censure; Cook descubrió esta costumbre en todas las islas de los mares del Sur.
Rómulo permitió el infanticidio; la ley de las Doce Tablas también lo toleró y,
hasta Constantino, los romanos exponían o mataban impunemente a sus criaturas. Aristóteles aconseja este supuesto crimen; la secta de los estoicos lo
consideraba elogiable; todavía es muy practicado en China. Cada día se
encuentran en las calles sobre los canales de Pekín más de diez mil individuos
inmolados o abandonados por sus padres, y sea cual sea la edad del hijo, en