Marqués de Sade Justine.pdf

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este sabio imperio, un padre, para librarse de él, sólo necesita ponerlo en manos
de un juez. Según las leyes de los partos, se mataba al hijo, a la hija o al
hermano, incluso en la edad núbil; César encontró esta costumbre generalizada
entre los galos; varios pasajes del Pentateuco demuestran que estaba permitido
matar a los hijos en el pueblo de Dios; y el propio Dios, en suma, se lo exigió a
Abraham. Durante mucho tiempo se creyó, afirma un famoso moderno, que la
prosperidad de los imperios dependía de la esclavitud de los hijos; esta opinión
tenía como base los principios de la más sana razón. ¡Sería un contrasentido
que un monarca se sintiera autorizado a sacrificar veinte o treinta mil súbditos
suyos en un solo día por su propia causa, y un padre no pueda, cuando lo
estime conveniente, convertirse en dueño de la vida de sus hijos! ¡Qué absurdo!
¡Qué inconsecuencia y qué debilidad en los que están atados a semejantes
cadenas! La autoridad del padre sobre sus hijos, la única real, la única que ha
servido de base a todas las demás, nos es dictada por la voz de la misma
naturaleza, y el estudio profundo de sus operaciones nos ofrece en todos los
instantes ejemplos de ello. El zar Pedro no dudaba en absoluto de este derecho;
lo utilizó, y dirigió una declaración pública a todas las jerarquías de su imperio
por la que decía que, de acuerdo con las leyes divinas y humanas, un padre
tenía el derecho total y absoluto de condenar a muerte a sus hijos, sin apelación
ni consulta con nadie. Sólo en nuestra bárbara Francia una falsa y ridícula
piedad creyó tener que arrumbar este derecho. No ––prosiguió Rodin acaloradamente––, no, amigo mío, jamás entenderé que un padre que quiso dar la vida
no sea libre de dar la muerte. El valor ridículo que concedemos a esta vida es lo
que nos hace disparatar el tipo de acción que lleva a un hombre a librarse de su
semejante. Creyendo que la existencia es el mayor de los bienes, imaginamos
estúpidamente que es un crimen sustraerlo a los que la disfrutan; pero el cese
de esta existencia, o por lo menos lo que le sigue, no es un mal, de la misma
manera que la vida no es un bien; o mejor dicho si nada muere, si nada se
destruye, si nada se pierde en la naturaleza, si todas las partes descompuestas
de cualquier cuerpo sólo esperan la disolución para reaparecer inmediatamente
bajo nuevas formas, ¿qué indiferencia no habrá en la acción del homicidio, y
