Marqués de Sade Justine.pdf

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Le confieso, señora, que sea permiso de la Providencia, sea exceso de candor
o sea ceguera, nada me anunció la espantosa desgracia que me esperaba. Yo
me creía tan segura del secreto y de las disposiciones de la marquesa, que
jamás imaginé que el conde hubiera podido descubrirlas. Sin embargo, me
sentía alterada.
«El perjurio es virtud cuando se promete el crimen», ha dicho uno de nuestros
poetas trágicos, pero el perjurio siempre es odioso para el alma delicada y
sensible que se ve obligada a recurrir a él. Mi papel me alteraba.
En cualquier caso, acudí a la cita. El conde no tarda en aparecer, llega a mí
con un aire despreocupado y jovial, y caminamos por el bosque sin hacer otra
cosa que reír y ~bromear, como solía hacer conmigo. Cuando yo quería llevar la
conversación al tema que le había hecho pedir nuestro encuentro, me decía
siempre que esperara, que temía que nos estuvieran observando, y que todavía
no estábamos en lugar seguro. Sin darme cuenta, llegamos a los cuatro árboles
donde había sido tan cruelmente amarrada. Al volver a ver aquel lugar, me
estremecí; se ofreció entonces ante mis miradas todo el horror de mi destino, y
podéis suponer como aumentó mi espanto cuando vi la preparación de aquel
lugar fatal. De uno de los árboles colgaban unas cuerdas; tres monstruosos
dogos ingleses estaban atados a los otros tres, y parecían estar esperándome
para entregarse a la necesidad de comer que anunciaban sus fauces espumeantes y abiertas. Uno de los favoritos del conde los guardaba.
Entonces, el pérfido, utilizando conmigo los más groseros epítetos, me dijo:
––Bribona, ¿reconoces el matorral del que te saqué como una fiera salvaje
para devolverte a la vida que habías merecido perder?... ¿Reconoces los
árboles donde amenacé con devolverte si alguna vez me obligabas a
arrepentirme de mis bondades? ¿Por qué aceptaste los servicios que te pedía
contra mi tía si tenías la intención de traicionarme, y cómo has imaginado servir
a la virtud arriesgando la libertad de aquel a quien debías la felicidad? Situada
necesariamente entre esos dos crímenes, ¿por qué has elegido el más
abominable?
––¡Ay de mí! ¿No he elegido el que lo era menos?
